Los comienzos

Jesús aparece predicando en Galilea, exhortando a la multitud “Arrepentíos, porque el Reino de Dios está cercano”. Su peregrinar lo lleva al lago de Genesaret. Allí encuentra a unos pescadores, dos pares de hermanos: Andrés y Simón, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, un socio de Simón. Les invita a seguirle y ellos no se lo hacen repetir. Esto afirman Mateo, Marcos y Lucas, después de que el otro Juan, el Bautista, fuera “entregado”, es decir, apresado por los hombres de Herodes Antipas.

El Evangelio de Juan puntualiza, por el contrario, que es al día siguiente de su bautismo cuando Jesús pasa cerca del Bautista al que acompañan dos discípulos, el mencionado Andrés y un desconocido. Ambos discípulos siguen a Jesús, al parecer, por consejo del Bautista, que les dice: “He aquí al Cordero de Dios”. Él se vuelve: “¿Qué buscáis?”. Ellos inmediatamente le dan el tratamiento de rabbi (maestro), “Maestro, ¿dónde moras?”. Él los lleva no se sabe a dónde, y pasan el día con él. Al día siguiente, o aquella misma tarde, se forma una cadena. Andrés va en busca de su hermano Simón: “Hemos hallado al Mesías”. Después, el mismo Andrés recluta a un amigo (con frecuencia se les verá actuar juntos), galileo como él, un tal Felipe. Felipe, a su vez, encuentra a Natanael, que en un principio se muestra remiso (el tal Jesús viene de Nazaret, y ¿puede salir algo bueno de Nazaret?), pero se deja convencer cuando Jesús dice que lo ha visto “debajo de la higuera” antes de que Felipe le llamase.

Según la tradición de los rabinos, la higuera estaba considerada el árbol del conocimiento, de la dicha y la desgracia. Esta extraña frase de Jesús parece dar a entender, pues, que estudiando la Ley Natanael se preparaba para seguirle. Lo cierto es que el hombre cambia de actitud bruscamente. Y no vacila en proclamar a Jesús rey de Israel. Su cambio de actitud es realmente rápido, él es el primero que le da este título. Jesús le calma: “¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver”. En otras palabras: esto no es más que el principio.

Las dos versiones, la de Juan y la de los otros tres Evangelios, no son del todo contradictorias: podemos pensar que, después de haber establecido un primer contacto con estos hombres del entorno de Juan el Bautista, Jesús vuelve a encontrarlos en Galilea, a orillas del lago de Genesaret. En cualquier caso, es probable que reclutara a sus primeros compañeros entre los discípulos de su primo.

Son hombres sencillos, algunos no deben de saber leer ni escribir. Pero no todos los discípulos de Jesús, incluidos los más allegados, los apóstoles, pueden ser considerados gentes modestas. Las barcas de pesca no son frágiles botes: en el episodio de la tempestad, Jesús está acompañado por varios de sus discípulos y encuentra un lugar apartado para dormir. Zebedeo, el padre de Santiago y de Juan, también pescador, tiene a varios trabajadores. Y es que en el mar de Galilea abunda la pesca (una de las mejores especies es el Zeus faber que, con el tiempo, recibirá el nombre de pez de san Pedro), que se captura con pequeñas redes circulares o con dragas tendidas entre dos barcas. Entre los “terrestres”, Mateo, empleado del fisco, vive con desahogo. Y Judas no habría sido encargado de la bolsa común si no hubiera dado prueba de cierta experiencia en asuntos financieros.

No obstante, estos hombres elegirán una vida errante. Seguramente, con intermitencias, pues, si leemos atentamente los Evangelios, da la impresión de que ni los mismos apóstoles acompañaban a Jesús permanentemente. Pedro, por ejemplo, sigue pescando de vez en cuando, por lo menos, en los primeros tiempos, y volverá a pescar después de la resurrección. Pero durante meses, estos hombres, algunos de los cuales son personas relevantes en su pueblo, se convierten en vagabundos.

No son los únicos. En esta época agitada, abundan los predicadores, los iluminados, los profetas de medio pelo que recorren el país seguidos de grupos de partidarios que, cada cual a su manera, esperan al Mesías y, si se tercia, andan a la greña. Y no es éste un fenómeno exclusivo de Israel. Por otros lugares del imperio romano andan mendigando los filósofos cínicos, barbudos y mugrientos como hippies, que quieren vivir al margen de toda norma. Pero los desarraigados son más numerosos en Judea y Galilea. El romano Plinio el Viejo cuenta que venían a Qumrán, junto a los esenios “gentes fatigadas de la vida a las que el destino empujaba en oleadas a adoptar sus costumbres” y entre las que, según Flavio Josefo, se contaban tanto ricos como necesitados. En el campo se escondían también rebeldes enemigos de los romanos y zelotes, cuyas filas estaban formadas principalmente por campesinos arruinados y endeudados que no podían pagar los impuestos. Y después los mendigos, los lisiados, los impedidos y los perturbados a los que enseguida se llama posesos del demonio, en suma, los marginados. Los encontramos en casi todas las páginas de los Evangelios, incluida la parábola del “mayordomo infiel” al que su amo quiere despedir porque ha disipado su hacienda y que, sintiéndose sin fuerzas para hacer un trabajo manual, lo primero que se le ocurre es mendigar (pero “me da vergüenza”, dice) como si no tuviera hermanos, una familia que le ayudara, como si el fenómeno de la marginación fuera frecuente, como si esta sociedad fuera poco solidaria.

Toda esta gente (exceptuando a los mendigos, a los que atrae Jerusalén, como todo lugar de peregrinación) se mantiene alejada de las ciudades, centros del poder político-económico-religioso. Las ciudades, por su parte, desconfían y se encierran. Las gentes de la ciudad y las gentes del campo no se tienen simpatía. Cuando Jesús llegue a Jerusalén, en el episodio llamado de “Ramos”, será aclamado por una multitud de campesinos-peregrinos, pero durante su proceso serán, al parecer, los habitantes de la ciudad quienes pedirán que sea condenado y le insultarán.

Durante la mayor parte del tiempo, Jesús y su grupo viajan únicamente por zonas rurales. Ciudades como Séforis, Jatapata o Gishala, importantes en aquella época, hoy son desconocidas, por la sencilla razón de que no son citadas ni una sola vez en los Evangelios que, por el contrario, han hecho pasar a la posteridad minúsculas localidades galileas de las que en otros lugares no se encuentra ni rastro. Si se acercan a una ciudad, no pasan de los suburbios: el Evangelios de Marcos los muestra dirigiéndose hacia “las aldeas de Cesarea de Filipo” o “los confines de Tiro”; es cierto que, por estar estas ciudades muy marcadas por la influencia griega, los judíos se hallaban relegados a los alrededores.

Esta vida de predicadores errantes era bastante mísera. Cuando Jesús dice que no tiene “ni piedra en la que descansar la cabeza”, la frase no es sólo una imagen simbólica. Cuando exhorta a sus oyentes: “No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir” no habla por hablar. Tiene que remontar la moral de unos hombres que duermen en el suelo, envueltos en su capa de lana, después de haber viajado por malos caminos, zarandeados por el viento, abrasados por el sol y empapados por los aguaceros. Tiene que reavivar el entusiasmo de unos discípulos que se alimentan más de pan y dátiles que de buñuelos y miel. Y que, además, han de soportar las burlas de los escépticos y de los enemigos, replicar a los adversarios y protegerse de los bandidos, también numerosos y siempre dispuestos (como todo granuja en toda sociedad) a desvalijar al más pobre que ellos.

Pero, poco a poco, va a constituirse una especie de red de apoyo. En ciertos pasajes de los Evangelios, vemos que el grupo es enviado de puerta en puerta para predicar, pero también para pedir lecho y cobijo. A veces, Jesús y sus discípulos son acogidos en casas de simpatizantes: en la de familiares de alguno de ellos (por ejemplo, en casa de Pedro donde, según el Evangelio de Mateo, Jesús cura a la suegra), en casa de Marta y María, en las de ricos publicanos o de otros, como el fariseo que les ofrece un festín (en el que estos vagabundos se tienden en lechos como buenos burgueses) durante el que una mujer (“de mala vida”, asegura Lucas) derrama perfume sobre Jesús. Por cierto, las mujeres desempeñan un papel importante en esta red de soporte. Lucas las cita: María Magdalena, otras que “habían sido curadas de espíritus malignos y de enfermedades”, una tal Susana y, sobre todo, Juana, esposa de un alto dignatario (Chouza, intendente de Herodes) a la que no debían de faltar los medios ni las amistades. Al fin y al cabo, si Judas administra las finanzas del grupo, ello es prueba de que existen, de que recogen limosnas, recolectan fondos, ganan dinero con su trabajo entre gira y gira de predicación.

Este grupo pronto será estructurado por Jesús. De los que le siguen, los más importantes, aquellos cuyos nombres han llegado hasta nosotros, fueron elegidos por él. Lo cual es contrario a la tradición judía, ya que, normalmente, un rabbi, maestro, es elegido por los jóvenes que se convierten en discípulos suyos (es el primer significado de la palabra “discípulo”), son iniciados por él y a su vez se convierten en rabinos. No es así en el caso de Jesús. Es el maestro el que llama: “Ven y sígueme”. Y los llamados no deben hacerse ilusiones: “El discípulo no está por encima del maestro”. Ellos no le sucederán, no le superarán, no harán carrera. “Pero vosotros no os hagáis llamar rabbi, porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos”. Pero serán recompensados con largueza: “Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os liberará”. Así pues, nada de ascensos sino algo mejor: la liberación.

Jesús va reclutando a sus hombres aquí y allá: campesinos conformistas y pescadores menos rigurosos, varios de Galilea, por lo menos, uno de Judea (Judas), un publicano y un adversario declarado del poder (Simón). No siempre se llevan bien, hay entre ellos rencillas, recelos y él tiene que llamarlos al orden con frecuencia: “Todos sois hermanos”.

Éstos son los más allegados, los que se llamarán sus apóstoles. Pero la lectura de los Evangelios indica que el “movimiento de Jesús” (otros lo llamarían “partido”) tiene tres pisos.

En la base, los simpatizantes, más o menos adictos. Permanecen en sus casas, trabajando, con su familia, y de vez en cuando se les pide asilo. A los ojos de Jesús, son numerosos: “El que no está contra nosotros, está con nosotros”, dice. Algunos incluso figuran entre sus amigos íntimos. El más célebre es Lázaro.

A un nivel superior, los discípulos. A éstos se les exige mucho. Ante todo, que le sigan sin vacilar. Uno, que antes quería enterrar a su padre, tuvo que oír que hay que “dejar a los muertos sepultar a los muertos”. A otro, que quería despedirse de los suyos, Jesús le reprende con rudeza: “Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás es apto para el Reino de Dios”. Regla general: “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo”.

Jesús sabe lo que hay de tajante, de casi inaceptable, en esta cláusula de ruptura total con la familia que se exige del que quiere unirse a él por contrato: “Porque en adelante estarán en una casa cinco divididos, tres contra dos y dos contra tres”. “Seréis aborrecidos de todos por mi nombre”. Palabras que estaban, sin duda, dictadas por la experiencia. Sus propios deudos, refiere Marcos quisieron “apoderarse de él, pues decíanse: Está fuera de sí”.

A estos discípulos se confían a veces misiones extrañas. Lucas relata que Jesús, al subir a Jerusalén, se hace preceder de una vanguardia de misioneros encargados de anunciar el Reino de Dios: “Jesús designó a otros setenta y dos y los envió de dos en dos, delante de sí, a toda la ciudad y lugar adonde él había de venir”. Seguramente, no hay que tomar al pie de la letra la cifra de setenta y dos, que corresponde a la de los antiguos sabios de Israel reunidos por Moisés en el desierto para que le ayudaran a gobernar al pueblo y también al de las naciones del mundo, todas las cuales, según el Génesis, descendían de los hijos de Noé. De todos modos, estos discípulos debían de ser bastante numerosos.

Por último, en la cúspide de la pirámide o, mejor, en el núcleo de esta nebulosa, los apóstoles. La palabra griega apostolos es traducción del arameo chelilah, que significa “enviado” y designaba a los encargados de misión que Jerusalén delegaba en las provincias. Los apóstoles no son jefes, ni órgano de gobierno, ni consejo de dirección, sino los compañeros más íntimos de Jesús, sus hombres de confianza. Cuando él los selecciona, es “para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios”. Exactamente la misma misión y los mismos poderes que tenían los discípulos. Por otra parte, la distinción entre apóstoles y discípulos no siempre está clara. Este colegio de los Doce es, ante todo, un símbolo, el de las doce tribus de Israel fundadas por los hijos de Jacob. En un principio, los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas los llaman, simplemente, los Doce. No es sino después de haber sido enviados en misión a los pueblos de alrededor cuando reciben el nombre de apóstoles, enviados. Y después de la muerte de Jesús cuando asumen funciones nuevas.

No todos los Evangelios dan los mismos nombres a los doce apóstoles. Juan en ningún momento menciona doce nombres, y omite, por ejemplo, a Mateo (llamado también Levi) el publicano, y a Simón; pero, por otro lado, es el único que cita a Natanael. Sólo Andrés, Pedro, Juan y Santiago, hijos de Zebedeo, Tomás y Judas Iscariote aparecen en los cuatro Evangelios. Pero, si vamos sumando todos los nombres que dan los evangelistas, obtenemos catorce en lugar de los Doce. Estas divergencias son debidas, seguramente, al escaso número de nombres de uso corriente entre los judíos de la época, la frecuencia de las homonimias y, en consecuencia, la proliferación de los apodos, lo que daba lugar a confusiones. Es muy probable que Jesús se atuviera al número doce a causa de su valor simbólico, a fin de mostrar su autoridad en Israel y restablecer el pueblo de Dios en su estado primitivo.

Referencias: “JESÚS” – Jacques Duquesne

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