La multiplicación de los panes y los peces

El éxito tiene sus inconvenientes, es bien sabido, y el mayor es que te crea enemigos. En aquel tiempo, Jesús veía cómo su auditorio crecía y sus discípulos se reafirmaban. Sólo en Nazaret, su pueblo,  le miraban con cierto desdén cuando enseñaba en la sinagoga: “Ningún profeta es tenido en poco sino en su patria y entre sus parientes y en su familia”, declaró él y, efectivamente, no pudo hacer allí ningún milagro, dice el evangelista Marcos, que agrega, como si se tratara de información insignificante, que curó “a unos pocos dolientes a los que impuso las manos”. Pero, salvo en Nazaret, en todas partes atraía a “multitudes” y curaba a mucha gente. También formó a su equipo, instituyendo a los Doce, a los que enviaba en misión, por parejas, y que tenían bastante éxito, según Lucas y Marcos: “Recorriendo las aldeas anunciando el Evangelio y curando en todas partes”.

Es tal el auge que toma el movimiento de Jesús que Herodes Antipas, el hombre que ha hecho decapitar a Juan el Bautista, se inquieta. Le cuentan que este hombre que atrae multitudes no es otro que el decapitado, que ha resucitado de entre los muertos, o el profeta Elías reaparecido. El tetrarca quiere verlo. No es que, alcanzado por una gracia súbita, desee escuchar las lecciones de este nuevo profeta. Al contrario, si este hombre resultara ser Juan el Bautista redivivo, seguramente mandaría que le cortaran la cabeza otra vez.

Jesús, en este momento, siente la necesidad de apartarse. ¿Para reposar un poco? Es lo que insinúa Marcos. ¿Para sustraerse a las indagaciones de Herodes? Es lo que apunta Mateo. Pero pueden conjugarse ambos motivos. Así pues, se va “al otro lado del mar”, es decir, del lago de Tiberíades.

No es tan fácil escapar a la multitud. Cunden los comentarios. Hace buen tiempo, se acerca la Pascua, dice Juan (muy aficionado a la precisiones cronológicas). No se sabe cómo, la muchedumbre le ha seguido. Y el que le haya seguido, por cierto, plantea un problema: en Pascua, la gente debería tomar el camino de Jerusalén, no el de la región de Betsaida, según Lucas, ni de Tiberíades, según las más solventes interpretaciones del texto de Juan.

Esto no contribuiría a mejorar las relaciones de Jesús con el Templo. Él no quería atraer a la multitud, desde luego. Pero los hombres del Templo, que debían de observar atentamente los actos de semejante personaje, ¿podían admitir que dijera a sus compañeros más íntimos: “No vayamos a Jerusalén, tenemos cosas mejores que hacer”? Como tampoco podían admitir que, en lugar de rechazar a todas estas gentes que le han precedido o seguido contra su voluntad, lejos de recordarles su obligación pascual, se ocupara de alimentarlas.

Poco importa si eran cuatro mil o cinco mil hombres; a la escala del país, es un número considerable. Una muchedumbre abigarrada de familias atribuladas que llevan a un enfermo, un tullido o un perturbado, con la esperanza de una curación o un exorcismo, voluntarios fornidos y abnegados, tipo camillero de Lourdes, que acarrean a enfermos febriles y a paralíticos, simples curiosos, agentes de todos los poderes políticos  religiosos que tratan de controlar a este país incontrolable, discípulos fervorosos, gentes ansiosas de oír el mensaje de Jesús o acaso de neutralizarlo: los hechos posteriores así lo hacen suponer. Él se inquieta. Por ellos. ¿Cómo van a alimentarse? Son cuatro o cinco mil sin contar a las mujeres ni a los niños, señala Mateo, como si éstos fueran una cantidad insignificante. Juan agrega más adelante que “se acomodaron los hombres” para la comida. Los demás, no… Así marchaba aquel mundo.

Anochece. Los discípulos, quizá cansados, quizá deseosos de tener un momento de intimidad con su maestro, de buena gana enviarían a toda esta gente a aprovisionarse por los alrededores. Porque no se trata de un simple tentempié: para los judíos, la cena es la comida más importante del día. Jesús pregunta a Felipe: ¿cómo comprar pan para tanta gente? Felipe, al que el Evangelio presenta a menudo como espíritu práctico y reflexivo a la vez, responde: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito”. ¿Por qué doscientos denarios? Es una cantidad claramente insuficiente pero no exigua: casi siete veces el precio de la traición de Judas, seis meses de salario de un obrero agrícola. Y, según Marcos, aquel día, el grupo dispone de esta suma: “¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” Lo que confirma una observación, que el movimiento de Jesús disponía de una pequeña organización financiera.

Pero, si leemos atentamente los relatos, apreciamos una oposición total entre la lógica de Jesús y la de los discípulos: ellos hablan de comprar y él les responde refiriéndose a dar lo que tiene. Cuando habla de dinero en otros pasajes, es para considerarlo como donativo. Así, al joven rico que quiere seguirle le aconseja que venda todo cuanto tiene y dé el producto a los pobres.

Andrés (hermano de Simón-Pedro) que está siempre cerca de Felipe, dice que un muchacho tiene cinco panes de cebada y dos peces. Lo que, evidentemente, es una ridiculez para alimentar tantas bocas. ¿Cómo ha descubierto Andrés a este muchacho entre la multitud? Quizá contaba con él para avituallar esta noche a Jesús y sus compañeros. Pero ¿por qué no hacen un llamamiento a la gente, para averiguar si otros llevan algo en las alforjas y los cestos? Preguntas sin respuesta. De todos modos, Jesús no se demora. Toma los cinco panes y “después de dar gracias”, los distribuye entre los comensales como un buen padre judío que preside la cena y da gracias al Señor antes de repartir el alimento. Y, cuando todos están saciados, ordena recoger las sobras, que son considerables (llenan doce serones: doce, uno por cada apóstol, ¡qué casualidad!). Y es que un precepto judío, realmente banal, prescribe no desperdiciar la comida. Pero los evangelistas insisten en este detalle, para indicar la superabundancia de pan y de pescado.

Entonces ocurre lo importante, el gran malentendido. La muchedumbre, que hasta ahora apenas se ha manifestado, aclama a Jesús. Y dice, según Juan: “éste es el profeta que ha de venir al mundo”. El profeta, no un profeta. esta vez se le identifica con el Mesías. Y el Mesías, a sus ojos, será el rey de Israel, un soberano político. Jesús, que no puede aceptar esto, se retira al monte, solo.

Evidentemente, los relatos de la multiplicación de los panes y los peces están cuajados de añadidos literarios y cifras simbólicas. Los evangelistas, que se empeñan en situar a Jesús en la estela de los grandes profetas, aunque no sea más que para demostrar que los supera, adornan sus textos de citas bíblicas, que nos siempre señalan, a modo de guiños dirigidos a los oyentes o lectores judíos.

A propósito de la multiplicación de los panes, hemos de evocar el maná que cae del cielo para alentar a los hebreos durante el Éxodo, y a Eliseo, que alimenta a un centenar de personas con una veintena de panecillos.

Acerca de las “sobras” de esta comida en el desierto, podemos citar también a Rut la moabita, es decir, una “extranjera” que se había integrado en el pueblo de Israel por su matrimonio. El viejo Boz, un notable acaudalado (que se convertirá en su marido) da trigo tostado: “ella comió hasta saciarse y le sobró”, dice la Biblia. Esta “sobra” manifiesta siempre la superabundante generosidad de Dios.

También la hierba verde que se detalla en los relatos de la multiplicación de los panes tiene función evocadora. Nos recuerda el salmo 23: “El Señor es mi pastor; me hace recostar en verdes pastos”. Se trata de presentar a Jesús como el pastor de este pueblo; por otra parte, unas líneas antes de dar esta precisión sobre la hierba, Marcos había escrito: “Al desembarcar, (Jesús) vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor”.

Las cifras de los cinco panes y dos peces tampoco se dan porque sí. Hay cinco libros de la Ley, completados por los “escritos” y los “profetas”, que están representados por los dos peces. Los cuales no bastan para “saciar el hambre de saber del pueblo de Dios. Para que sea posible pasar de la Pascua de los judíos a la Pascua de los discípulos, será preciso que Jesús dé una sabiduría más rica y un maná más nutritivo que el de Moisés”. Finalmente, la distribución de la multitud en grupos de cincuenta y de cien es frecuente en el Antiguo Testamento, para la organización tanto de los combates como de los grandes banquetes.

Hasta aquí, las referencias a lo que había sucedido o había sido escrito antes de Jesucristo. Pero los Evangelios fueron transmitidos y redactados, después de su paso por la tierra, por personas que conocían toda su historia, concretamente, la última Cena que tomó con los Doce. Es evidente que, al relatar la multiplicación de los panes, hacen alusión a ella.

Relato de la multiplicación de los panes por Marcos: “Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes y se los entregó a los discípulos para que se los sirvieran”.

Relato de la Cena por el mismo Marcos: “Mientras comían, tomó pan y, bendiciéndolo, lo partió, se lo dio”.

Con la salvedad de los peces, la similitud es evidente. Lo que sucedió en el desierto puede ser interpretado como una prefiguración de la última Cena.

Pero, ¿qué ocurrió en realidad?

Un hecho considerable, ciertamente. Los cuatro Evangelios lo mencionan; y no todos tenían las mismas fuentes. Y aunque todos se refieren, por distintas vías, a lo que creían la primera comunidad cristiana, la que nació en Jerusalén inmediatamente después del anuncio de la resurrección, hay que admitir que aquellos primeros cristianos (ni aun poseídos de una viva ansia de prodigios) hubieran podido sacar esta historia de la nada, tan poco tiempo después. Por otra parte, el tratamiento que los Evangelios dan al hecho no es el reservado a una maravilla o prodigio. Ni se hacen lenguas ni le dedican más de una decena de versículos, y se interesan más por sus secuelas y consecuencias.

Por supuesto, más de uno ha tratado de dar explicaciones racionales a este asunto.

La mayoría trata de explicarlo diciendo que en realidad, los allí congregados no habían salido de casa sin merienda; muchos llevaban provisiones, otros, más espontáneos o menos previsores, iban con las manos vacías; al ver el ejemplo que daban Jesús y sus discípulos, que repartían cuanto tenían, los primeros se sintieron impulsados a imitarlos, y todos pudieron saciar el hambre. Este milagro del altruismo súbito es tan simpático como el de multiplicación de los panes, pero no pasa de ser una hipótesis que no se apoya en palabra ni hecho concreto. Por otra parte, las reacciones de la multitud parecen desmentirla: si la gente hubiera compartido las provisiones que llevaba, no había por qué admirarse ni ver en ello la señal (indicada por Juan) de que Jesús era el Mesías esperado, ni por qué querer hacerle rey.

En este mismo registro, podríamos avanzar otra hipótesis: como todas las muchedumbres, ésta era seguida por vendedores ambulantes, vendedores que, conmovidos por las palabras y el ejemplo de Jesús, empezaron a repartir su mercancía, que quizá hasta entonces habían escondido, para hacer subir los precios… Esta conversión de los especuladores también es muy simpática, pero no menos hipotética.

Otra explicación es la que propone, en forma novelada, el historiador alemán Gerd Theissen, profesor de Heidelberg y especialista en el Nuevo Testamento. Éste se interesa por Juana, la mujer de Cusa, administrador de Herodes, a la que Lucas cita entre las mujeres que ayudaban a Jesús y a sus discípulos “con sus bienes”. Theissen sugiere que ella envió los víveres: “Cuando mis servidores -dice ella- le llevaron (a Jesús) todas estas cosas, la multitud vio en la súbita aparición de las provisiones un milagro. Aquellas pobres gentes nunca habían visto tanta comida junta”. Y Theissen agrega que, a partir de este momento, la gente ya no teme pasar hambre y saca la comida que llevaba escondida para no tener que compartirla. La gente siempre descubre que Jesús posee medios extraordinarios sin necesidad de trabajar, de mendigar, ni siquiera de organizarse.

En realidad, muchos especialistas piensan que no es posible reconstruir los hechos. “Cualquiera que fuera su naturaleza hubo un acto extraordinario; un acto de Jesús que conmovió a la gente, pero de modo diferente a como él deseaba. Con pesar de su autor, por así decir, este acto provocó un acceso de mesianismo político y materialista”.

Según el relato de Juan, después de la multiplicación de los panes los discípulos (a los que Jesús ha dejado solos) suben a una barca para volver a atravesar el lago, ahora, en dirección a Cafarnaúm. Se desata una tempestad, ellos reman con todas sus fuerzas, no muy tranquilos, pero llega Jesús, caminando sobre las aguas, y lo arregla todo.

Juan quiere indicar ante todo que aquí se entra en el misterio de la misión de Jesús y el acto de caminar sobre las aguas es una nueva revelación de su naturaleza divina (Dios, en el Antiguo Testamento, triunfa sobre el mar, que siempre ha dado miedo a los judíos y que es el reino de los poderes del mal) y también una promesa hecha a los discípulos de que él nunca los dejará solos, la seguridad dada a las primeras comunidades cristianas (y, después, a la Iglesia) de que él estará siempre con ellas, incluso en las peores dificultades. Nos encontramos, pues, en el orden de los símbolos.

La multitud, dice Juan, sigue buscando a Jesús. Sube a unas barcas, para reunirse con él. Esta “multitud” debe de ser ya mucho menor que la de la víspera, porque no es de suponer que aquella mañana hubiera en la orilla del lago de Tiberíades barcas suficientes para transportar a cuatro o cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños. Y entonces Jesús les dice: “Vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado; procuraos no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del hombre os da, porque Dios padre le ha sellado con su sello”. Jesús, siempre provocando un poco (pero no despreciando: provoca por pedagogía, para suscitar preguntas), responde a estos galileos que no han comprendido nada. Él puede multiplicar los panes, pero esto no es lo que importa; lo que importa es que él les da otro pan, el pan de vida; lo que importa es que Dios le ha enviado para esto, a él el “Hijo del hombre”.

Encuentra oídos atentos. “Señor -dicen estas buenas gentes-, danos siempre ese pan”. Cuando desembarcaron en la orilla, le habían llamado, simplemente rabbi; ahora ya dicen “Señor”. Parecen haber sido iluminados. Entonces él pronuncia un sermón muy largo para explicar que ha sido enviado por el Padre, que es pan de vida, que garantiza la vida eterna a los que crean en él.

¿Anuncia con ello la institución de la eucaristía?

En cualquier caso, esta vez el discurso no convence. Los galileos conocen bien a Jesús, María y José, ¡y él dice que ha bajado del cielo! Algunos deben de pensar que el éxito de la víspera lo ha transformado un poco. Pero el evangelista le hace la afirmación de su origen divino. Jesús, en un nuevo discurso sobre el símbolo del pan, explica que éste representa su carne y que es promesa de vida eterna. La gente murmura. Él insiste: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

Para todo el que lea este pasaje, está claro que Juan no hace historia sino teología, que no ha consignado las palabras de Jesús, sino que (inspirándose en sus palabras) ha elaborado todo un discurso sobre la eucaristía; que, si se quiere, hace catequesis a las comunidades cristianas de su tiempo, para explicarles de qué se trata. Y esos judíos que murmuran, se mofan o se indignan, no son galileos de la época de Jesús; en realidad, las objeciones las hacen los contemporáneos de Juan.

Las comunidades cristianas de la época de Juan, que tienen que afrontar estas objeciones, que ven cómo sus adversarios y, más adelante, sus verdugos, se las echan en cara, son todavía muy reducidas. Su número es pequeño. También en la escena que describe el Evangelio, el diálogo termina con el fracaso de Jesús: “Desde entonces, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”. Quedan solos los Doce, y Pedro pronuncia un acto de fe: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Y Juan, a quien no repugna mezclar los episodios, anuncia ya, para terminar, la traición de Judas.

El relato de Juan tiene, pues, un sentido doble. Biográfico: es la marcha de Jesús hacia un fracaso aparente. La multitud de galileos ha ido menguando hasta quedar reducida a los Doce, entre los que, para colmo, hay un traidor. Simbólico: una vez distribuido el pan, es el mismo Jesús el que se da; pero, a diferencia del maná que caía del cielo milagrosamente cada mañana para alimentar a los hebreos en el desierto durante cuarenta años, este pan asegura la vida eterna. Por otra parte, Jesús jamás abandonará a los que confían en él; prueba de ello es que triunfa sobre las aguas embravecidas para acompañarlos.

Mateo, Lucas y Marcos insisten menos que Juan en el aspecto simbólico del pan; en sus Evangelios no encontramos, después del relato del milagro, una larga reflexión sobre la eucaristía. Ellos nos permiten, pues, insistir en otro significado del relato.

Volvamos al desierto, en el que la multitud acaba de saciarse de pan y pescado. Son miles de personas que aclaman a Jesús. Esta vez, no hay duda: ha llegado el día D, el momento que esperaban sus padres, y los padres de sus padres, y los padres de los padres de sus padres. Todos conocen la historia del maná. Para la mayoría de los judíos, es el mayor milagro del tiempo del Éxodo, mucho más importante que el paso del mar Rojo sin mojarse los pies, entre dos murallas de aguas que se agitan en surtidores y cascadas. Los que saben leer han repetido a los que no saben, diez veces, cien veces, en las sinagogas y fuera de ellas, los textos, numerosos, que afirman que cuando llegue el Mesías volverá a caer el maná. Y estos panes que se multiplican sin cesar, que no caen del cielo, desde luego, pero que aparecen en cestos que nunca se vacían, estos panes son como el maná de aquellos tempos, de aquella época. Éste tiene que ser, pues, el Mesías.

Los discípulos deben de compartir el entusiasmo de la gente. Porque, según explican Mateo y Marcos, cuando Jesús se retira para escapar de la multitud, obligó a sus discípulos a “a subir a la barca”.

Si tiene que obligarlos, es señal de que se resisten. Ellos de buena gana se quedarían. Aún no han comprendido, y tampoco les desagradaría verse ascendidos a la categoría de los más íntimos compañeros del Mesías. Marcos, que no desperdicia la ocasión de criticarlos, explica que “su corazón estaba embotado”. Y, para demostrar hasta que extremo lo estaba, insiste: después del relato de varias curaciones (porque, en su texto, a diferencia del de Juan, Jesús, después de este episodio, sigue atrayendo a las multitudes), les hace asistir a una nueva multiplicación de los panes e inmediatamente después los describe en una barca, en la que estos necios vuelven a lamentarse porque no traen consigo alimentos. Esta vez, Jesús se impacienta. ¿Es que nunca comprenderán? “¿Tenéis vuestro corazón embotado? ¿teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?”. La primera frase es de Marcos, que no tiene escrúpulos en atribuir a Jesús sus propios sentimientos y la segunda es una cita del Antiguo Testamento.

Marcos (y también Mateo, que cuenta la misma historia) es excesivamente severo, ya que los discípulos tienen disculpa. Ante el hecho, han podido creer que nacía un mundo enteramente nuevo, diferente. Lo mismo que la samaritana, la mujer que encuentra Jesús junto a la fuente a la que todos los días va a llenar el cántaro; se entabla un diálogo durante el cual Jesús se presenta como el agua “que mana para la vida eterna”, algo que ella, evidentemente, no comprende; muy contenta, sólo piensa que de ahora en adelante se librará de esta pesada tarea cotidiana: “dame de esta agua […] para que no tenga que venir aquí a sacarla”.

Los discípulos y la multitud, a juzgar por los relatos de los Evangelios, tienen poco más o menos la misma actitud: parecen creer que todos los días van a llover panes del cielo. Y no. En este aspecto, el mundo seguirá como antes. Los panaderos y las amas de casa tendrán que seguir haciendo pan. Los médicos tendrán que seguir cuidando a los enfermos. Los pescadores tendrán que seguir pescando.

La lección de los Evangelios es que los milagros que en ellos se cuentan respetan la independencia, la autonomía, la libertad de los hombres a los que, por otro lado, Dios propone establecer con él una “Alianza” para acabar la Creación y no luchar contra ella. Los milagros que cuenta el Evangelio son sólo gestos de compasión que Jesús se deja arrancar, en un instante.

El acto de los panes encierra un significado capital: los judíos saben ya que, en lo sucesivo, no van a poder contar con que Jesús resuelva por ellos sus problemas cotidianos ni acaudille una guerra de liberación, a fin de establecer la sociedad de paz, prosperidad y justicia con la que ellos sueñan. Y entonces muchos lo abandonan.

Su movimiento está en crisis.

Referencias: “JESÚS” – Jacques Duquesne

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4 respuestas a La multiplicación de los panes y los peces

  1. estela dijo:

    esta buenisimi este milagoro la multiplicacón de los panes

  2. estela dijo:

    lamento por no escrivirlo bien besos

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