El dilema del erizo

El dilema del erizo es una parábola escrita en 1851 por Arthur Schopenhauer en la obra Parerga und Paralipomena (última obra que escribió este filósofo alemán y que sin embargo fue la que le otorgó la fama que durante la mayor parte de su vida le había sido esquiva).

En un día muy helado, un grupo de erizos que se encuentran cerca sienten simultáneamente gran necesidad de calor. Para satisfacer su necesidad, buscan la proximidad corporal de los otros, pero mientras más se acercan, más dolor causan las púas del cuerpo del erizo vecino. Sin embargo, debido a que el alejarse va acompañado de la sensación de frío, se ven obligados a ir cambiando la distancia hasta que encuentran la separación óptima (la más soportable).

La idea que esta parábola quiere transmitir es que cuanto más cercana sea la relación entre dos seres, más probable será que se puedan hacer daño el uno al otro, al tiempo que, cuanto más lejana sea su relación, tanto más probable es que mueran de frío.

Sigmund Freud cita la parábola de Schopenhauer en una nota a pie de página de su ensayo Psicología de las masas y análisis del yo:

«Consideremos el modo en que los seres humanos en general se comportan afectivamente entre sí. Según el famoso símil de Schopenhauer sobre los erizos que se congelaban, ninguno soporta una aproximación demasiado íntima de los otros»

Luis Cernuda se refiere a ella en las palabras iniciales de Donde habite el olvido:

«Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo.
Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos».

En esta parábola, el ser humano es comparado con un erizo para enseñarnos las características fundamentales de la vida en sociedad.

“En un frío día de invierno un grupo de erizos se acercaron mucho los unos a los otros, apretujándose, con el fin de protegerse, mediante el mutuo calor, de quedar helados. Pero pronto sintieron las recíprocas púas, que los hicieron distanciarse otra vez a los unos de los otros. Mas cuando la urgencia de calentarse volvió a acercarlos, se repitió otra vez la misma calamidad, de modo que eran lanzados de acá para allá entre uno y otro mal, hasta que por fin encontraron una distancia moderada entre ellos, en la que podían mantenerse óptimamente. Así es como la necesidad de compañía, brotada de la vaciedad y monotonía de su propio interior, empuja a las personas a juntarse; pero sus muchas propiedades repulsivas y sus muchos defectos intolerables vuelven a apartarlas violentamente. La cortesía y las costumbres delicadas son la distancia media que acaban encontrando y con la cual puede subsistir una coexistencia entre ellas. En Inglaterra, a quien no mantiene esa distancia le gritan: Keep your distance! Es cierto que mediante ella se satisface sólo de manera incompleta la necesidad de mutuo calentamiento, pero, en compensación, no se siente el pinchazo de las púas. Ahora bien, quien tiene mucho calor interior propio prefiere permanecer alejado de la sociedad, para no dar molestias ni recibirlas.”

1.- El hombre es un ser social y necesita de la sociedad. ¿Estás de acuerdo?.

2.- ¿Eres capaz de buscar ejemplos en la vida cotidiana en los que se puedan ver las situaciones que se describen en la parábola: la necesidad de calor, el daño que se hacen unos a otros cuando  se aproximan demasiado y la situación de equilibrio en la que se dan calor sin molestarse?

3.- ¿Compartes la concepción de la sociedad de Schopenhauer?

4.- “Quien tiene mucho calor interior propio prefiere permanecer alejado de la sociedad, para no dar molestias ni recibirlas”. Pon algún ejemplo en el que se confirme esta idea de Schopenhauer. ¿Crees que tiene razón en esta idea?

Un lindo cuento relata que una fría mañana de invierno, dos erizos aparecieron por distintos caminos y se encontraron en un claro del bosque. Como tenían frío se acercaron el uno al otro tratando de darse calor y compañía. Se pusieron de lado, costado con costado, pero se pinchaban. Se dieron vuelta y sucedió lo mismo. Lo intentaron de distintas posturas  y no lograban estar juntos sin pincharse el uno al otro. Por fin uno de ellos más nervioso, habló con tono de enfado:

– Vengo a tu lado con deseo y buen ánimo, pero es imposible estar junto a ti, porque pinchas por todas partes.

– Eso no es cierto –respondió el otro, también enfadado-, el que pinchas eres tú. Yo veo tus afiladas púas en tu lomo. ¿No ves cómo sangro por todas partes por causa de tus púas malditas?

Las mismas acusaciones y recriminaciones volaron de uno a otro. Al fin, amargados y desalentados se separaron y cada cual se fue detrás de un árbol. Desde allí se miraron con resentimiento y rencor. A la mañana siguiente ambos estaban muertos de frío. Murieron por su incapacidad de relacionarse y armonizar. Así muchas veces pasa con los seres humanos.

– Las relaciones interpersonales tienen un grado de complejidad; las diferencias entre las personas hace que algunas veces no sea fácil llevarse bien con otros; y diversas emociones y sentimientos se intercambian. Cuando el entendimiento y la comprensión no son posibles, se presentan diferencias marcadas, oposiciones, antagonismos, rupturas…y
de eso también está compuesta la vida…tristemente.

– Aunque la comprensión y armonía no sean posibles en ciertos casos, debe aceptarse con paz tal hecho, pero sin llegar al odio que anule al otro completamente. Todas las personas tenemos fortalezas y debilidades; también acuerdos y disensiones.

– No debemos despreciar la madurez que puede venir luego de tener diferencias con otros, además del conocimiento que las dificultades interpersonales, nos dan del carácter y naturaleza humana. Todo ello tendiente a una mejor expresión de amor y tolerancia para con nuestros semejantes.

Desde que nacemos, nuestro temor más grande es estar solos. Nuestro subconsciente sabe que es difícil satisfacer nuestras necesidades humanas sin entrar en relación con los demás, y somos “sociales” por naturaleza.

Sin embargo, a medida que vamos creciendo y desarrollamos nuestro propio carácter y una escala de valores rige nuestras actitudes ante la vida, nos damos cuenta de que la  relación con los demás no es fácil, nos herimos con frecuencia y otra parte de nuestro subconsciente nos pide “mantener las distancias”.

En la relación de pareja, al acercarnos al otro, confiando en él y poniendo en sus manos la capacidad de hacernos felices, inevitablemente vamos a sufrir en algún momento. Cuanto mayor sea la intimidad, más probabilidad de sufrimiento.

Y no será siempre por heridas de “verdaderas púas”: muchas veces, interpretaremos incorrectamente las razones de las actitudes de los otros, eligiendo habitualmente la explicación menos favorable.

Por eso, tendemos a buscar esa distancia óptima en la que no nos arriesgamos demasiado, pero tampoco podemos ser felices.

Del mismo modo que los erizos, tenemos que elegir: nos mantenemos a una distancia prudencial, manteniendo relaciones superficiales que no nos comprometan demasiado, o nos arriesgamos a una relación íntima, profunda y confiada, en la que podamos sentirnos verdaderamente importantes en el corazón del otro.

Tenemos la capacidad de elegir disfrutar de una relación cercana donde crecer como personas, admirar a la persona real que se esconde en el otro, ser amados, acariciar, oler, abrazar, decir la verdad, contar con el otro, ser auténticos y no necesitar fingir,… superando unas “pequeñas” heridas que nos harán más fuertes, y que la mitad de las veces no son reales, sino interpretaciones, espejismos.

O ¿vamos a dejar de disfrutar de las rosas porque tienen espinas?

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