Juegos de salvación

Mensajes ocultos con fines manipuladores. Transformaciones de personalidad. Tres vértices de un inquietante triángulo que te atrapa y no te suelta. Peticiones imposibles. Víctimas indefensas. Paladines dispuestos a batirse en singular combate. Salvadores sin causa. Momentos de estupor. Ídolos de barro.

¡El juego ya ha comenzado! Has caído en la trampa, ya estás dentro de él.

Todo da igual, ya nada importa, el juego ya se ha desatado. ¿Final del juego? Todos pierden. Ésa es la característica de todos los juegos de Salvación.

Don Pedro, director de la empresa, llama el jueves por la mañana a Francisco, responsable del área de producción:

Hola Francisco, soy Don Pedro. Mira, te llamo porque tengo un problema. El próximo lunes necesito que comiences la producción de 30.000 trócolas para satisfacer un pedido de uno de nuestros mejores clientes.

Hasta aquí, todo parece normal. La cuestión es que la petición no es razonable, y así tiene que expresárselo Francisco a su director:

Don Pedro, su petición es casi imposible de satisfacer. Andamos escasos de personal, no disponemos de la materia prima suficiente, nuestros proveedores nos exigen pagar por adelantado…

Don Pedro, viendo que Francisco no va a poder solventar su problema, va a dar inicio al juego. Lo hará situándose como una pobre víctima de las injusticias de este mundo cruel:

Francisco, no puedes hacerme algo así… Perderemos a nuestro principal cliente. Las ventas van mal, estamos en crisis, necesitamos ese pedido. La empresa requiere de tu esfuerzo y tu profesionalidad. Por favor, no me hagas esto…. sabremos recompensártelo.

Don Pedro es un gran actor, ha representado su papel de víctima a la perfección. Ha atacado la vanidad de Francisco y ha logrado crear angustia en él. Ha logrado que la empatía de Francisco le haga situarse en la tesitura de la víctima y, sin que se de cuenta, lo ha situado en el papel de salvador.

Ufff !!! Don Pedro es una misión casi-imposible (las imposibles son de Tom Cruise), no puedo asegurarle nada. Haré todo lo que pueda por ayudarle pero…

– ¡Mil gracias Francisco! Sabía que podía contar contigo. ¡No sabes el favor que me haces! Tenme informado de todo, ¿de acuerdo?

Don Pedro no es una víctima, se hace la víctima. Algo de responsabilidad habrá tenido en haber llegado a esta situación. Probablemente su incompetencia y su mala gestión le han conducido a este callejón sin salida. Pero no importa, ya tiene su salvador. El juego está en marcha y ya nadie puede pararlo. Francisco ha caído en la trampa, está dentro del juego.

Evidentemente Francisco no podrá cumplir con su heroica misión. El salvador de salvadores se sumirá en la desesperación de no poder rescatar a su protegido. El estupor se apoderará de él cuando la frágil e indefensa víctima se transforme en vil perseguidor, exigiendo sus derechos de víctima. Lo peor de todo llegará cuando nuestro inocente salvador comprenda que ahora… él es la víctima.

PERSEGUIDOR: Su objetivo es que los demás le teman, para encubrir su inferioridad. Se hace pasar por víctima con lo que consigue que otros se culpabilicen y se sientan mal.

SALVADOR: Su objetivo es ser necesitado.

VÍCTIMA: Su objetivo es sentirse mortificado o rescatado de sus constantes apuros. Utilizará sus problemas para buscar a un perseguidor mostrando su miedo o a un salvador mostrando su tristeza

Un mal entendido afán por complacer nos convierte en perfectos jugadores de salvación. Estamos rodeados de víctimas y …. son muy peligrosas, tanto en lo profesional como en lo emocional. Exigen más de lo que procede. Es preciso tener la valentía de desvelar los juegos antes de que se produzcan, así como detectar personas con las que no es recomendable jugar. Apártense de ellas.

La única forma de parar el juego es no jugar desde el principio, no intentar asumir peticiones imposibles. Quien va de redentor, acaba crucificado.

P.D.: Soy un perverso-poliformo

La doctora colocó delante de mí un columpio para observar mis juegos. Naturalmente, en la inocencia de mi juventud, lo primero que hice fue menear suavemente el tal columpio, como supongo que harían todos los niños del mundo.

La psicoanalista, en un exceso de profesionalidad, interpretó el citado balanceo y mi acción de menear el columpio de la siguiente manera: “Eso que tú haces con el columpio representa las relaciones sexuales de tus padres por el vaivén que le imprimes”.

La psicoanalista añadió en sus notas: “El paciente acepta a regañadientes la interpretación del susodicho meneo, pero advierto en el resto de la sesión que su angustia disminuye considerablemente”.

Según Freud todos los niños, en el mejor sentido de la palabra, son unos perversos-polimorfos. Lo que ignoraba Freud es que tal condición es contagiosa. Los psicoanalistas que se ocupan de las angustias y alteraciones de conducta de los jovencitos que caen en sus manos acaban padeciendo la misma dolencia.

Porque yo me pregunto: ¿Qué es lo que puede hacer un niño con un columpio? ¿Comérselo? ¿Arrojarlo por la ventana? ¿Tirárselo a la cabeza a la terapeuta? ¿Introducírselo en la bragueta? ¿Mantener con él relaciones sexuales prematrimoniales?

Mi vida quedó sumergida en un mar de dudas. Hoy día, cada vez que veo un columpio a mi alrededor, me alejo rápidamente por prudencia y así evitar las malas tentaciones. Que se monte o lo menee su padre. El padre de la psicoanalista, claro.

¿Qué diría de mí la tal doctora si supiera que a mi edad, cuando me quedo a solas en casa de mis padres, yo me acerco a su cama y la balanceo, sin que por eso disminuya claramente mi angustia?

Creo que a mis cuarenta años mi infancia está perdida. No tengo remedio. Sigo siendo un pobre lactante perverso-polimorfo.

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