Persiguiendo el conocimiento (II)

Persiguiendo el conocimiento (I)

Una mañana que Pitágoras había salido de la cueva para asearse, pudo contemplar atracada en la playa una embarcación egipcia. Al momento sintió la llamada de este país, que irremisiblemente debía ser su destino. Casi dos años había esperado la ocasión. Y ante aquella casualidad, supo que no podía desaprovecharla.

Se vistió con las ropas que ya estaban secas, se peinó el largo cabello y la barba y, muy despacio, comenzó a descender por la ladera del monte. Ha quedado escrito que los marineros egipcios se quedaron anonadados al verle: iba cubierto con unas telas blancas, sus cabellos eran de color pajizo y el sol le daba de lleno. Debió de parecerles una aparición, como un dios.

“Llevadme a Egipto”.

La carta de Polícrates sirvió para que Pitágoras llegase fácilmente ante el faraón Amasis, el cual le recibió como a un amigo. Le agradaba todo lo griego y quiso escuchar lo que estaba ocurriendo al otro lado del Mediterráneo. No obstante, llegado el momento de satisfacer las necesidades del joven sabio, el monarca debió reconocer su impotencia ante el poder inmenso de los sacerdotes:

“He de confesarte, amigo mío, que todavía no se me ha permitido entrar en la ‘Casa de la Mañana’, donde debía ser consagrado como el hijo del dios Ra. Muchas influencias he movido para que los sacerdotes cubrieran sus rostros con las máscaras de Horus y de Tot, con la intención de que me sometieran a las abluciones, me entregasen los talismanes y, por último, pusieran en mi cabeza la corona de Faraón. Pero todavía se me considera un usurpador, aunque se que no tardaran en ceder estos testarudos. Es cuestión de tiempo. Pero existe otra posibilidad: mandarte a Heliópolis, donde los sacerdotes me han jurado fidelidad. Ahora mismo dictaré una carta de presentación que va a abrirte las puertas que deseas”.

Al pie del trono se encontraba el escriba con su cálamo en mano, sentado sobre las rodillas y dispuesto a convertir en jeroglíficos las palabras de su monarca. De esta manera Pitágoras creyó disponer de otro eficaz salvoconducto.

Mientras esperaba ser recibido en el templo de Heliópolis, Pitágoras se dedicó a recorrer la ciudad. En ningún otro lugar el dios Ra, el Sol, era tan venerado. Los sacerdotes habían formado un auténtico centro intelectual y político, por algo se hacían llamar “los que ven”. Ellos trazaban el calendario que regía la vida de todo el país; y cuando paseaban por las calles, con sus rostros afeitados y sus blancos vestidos, las gentes se arrodillaban sin atreverse a mirarlos directamente a los ojos. Se contaba que no bebían agua desde el alba hasta el anochecer.

La carta del Faraón le permitió hablar con el sumo sacerdote:

“Voy a complacerte, extranjero. Desde mañana puedes ser alumno de las escuelas que rodean este templo” -dijo el sumo sacerdote.

“Se que no pretendéis reiros de mí al hacerme esa oferta; pero todo lo que se enseña en esas aulas no supone ni una millonésima parte del saber que se guarda en los sótanos del templo y en el corazón de las pirámides” -replicó Pitágoras.

“Así que me encuentro frente a un sabio. Entonces voy a mandarte a Menfis, donde los sacerdotes tienen más edad. Ellos decidirán si te hallas en condiciones de ser iniciado en los grandes misterios” -finalizó el sumo sacerdote.

Pitágoras se encontró, en su camino a Menfis, con las colosales pirámides, que ya de por si revelaban las grandes diferencias existentes entre Grecia y Egipto. En Grecia los edificios eran diseñados para servir al hombre, aunque fuesen templos dedicados a los dioses, mientras que en Egipto la arquitectura buscaba lo sublime sin importarle lo humano. Significaba la utilización de las matemáticas para buscar un camino hacia el cielo.

No podía olvidar que Tales de Mileto, su segundo gran maestro, había visto en las pirámides la aplicación perfecta de la geometría. Gracias a éstas aprendió a medir la altura de todo tipo de edificios, árboles y estatuas teniendo en cuenta la sombra que proyectaban. No obstante, aquellos monumentos erguidos ante el desierto encerraban unos enigmas que debían ser resueltos. El sabio de Samos comenzó a intentarlo aprendiendo el idioma egipcio, al menos en su forma hablada.

La ciudad de Menfis se encontraba inundada de obeliscos, afilados y resplandecientes bajo los rayos solares. Suponían el más encendido homenaje al dios Ra. Una excesiva cantidad de luz, que contrastaba con el negro celo de los sacerdotes. Un celo que les condujo a rechazar al sabio de Samos como iniciado. No obstante, cuando advirtieron que aceptaba la negativa como algo conocido, le proporcionaron una carta para los sacerdotes de Tebas.

No hay duda de que habían quedado impresionados por el aspecto del extranjero, su facilidad para servirse del idioma hablado y la contundencia de sus preguntas. A pesar de todo, era un extraño, aunque hubiese nacido en Grecia, lo que suponía una barrera casi infranqueable. La ciencia que ellos poseían sólo debía ser conocida por gentes nacidas en las orillas del Nilo que, además, fuesen menos orgullosos.

En el momento que Pitágoras llegó a Tebas, que era llamada “La ciudad de las Cien Puertas”, supo que allí encontraría la ayuda que tanto necesitaba. Había debido viajar junto a la ribera oriental del Nilo, con lo que pasó junto a los dos impresionantes templos de Karnak y de Lucsor, que en realidad eran ciudades sacerdotales. Pero contuvo su admiración.

En el momento que se encontró frente a los sacerdotes, su aire de saber lo que le aguardaba unido a la imagen mística que ofrecía, con el largo cabello, la abundante barba y los blancos vestidos, causó una grata impresión. También recurrió a un “arma” que consideró infalible: enseñar su “muslo de oro”. ¡Eso prueba que formas parte de la familia del dios Ra!

Tres días debió de esperar a que se materializase su ingreso en la escuela de los Iniciados. Le raparon el pelo y la barba, le vistieron con unas ropas de lino y le calzaron con sandalias de papiro. A partir de aquel momento su alimentación sería netamente vegetariana, con la excepción de que jamás le sirvieron habas, debido a que éstas eran consideradas malignas.

Se ha escrito que Pitágoras permaneció veinte años en las misteriosas escuelas egipcias, lo que le convirtió en el segundo griego que obtenía este honor. Algunos dicen que fue el primero, debido a que Tales de Mileto no permaneció en unos lugares similares más de ocho años.

Pitágoras comprobó que los egipcios creían en la inmortalidad del alma, a la que llamaban ba mientras se hallaba en el interior de un ser vivo. Pasaba a ser denominada ka al producirse la defunción, ya que bajo la forma de un gavilán provisto de una cabeza humana viajaba al mundo de los muertos, donde quedaba bajo la protección de la divinidad a la que se había consagrado.

También supo que nada podía existir en el mundo si antes no había sido hablado. Por este motivo el dios Thot personificaba la lengua. Con el propósito de que los seres humanos, los irracionales y las cosas pudieran tener existencia real debían ser hablados o “proyectados de dentro a fuera” por aquellos que los habían pensado.

Se desconoce el momento que fue llevado al adytum o el lugar misterioso donde se guardaba la imagen de Dios alojada en una sagrada embarcación. Esto nos permite saber que recibió los atributos de sacerdote, con lo que pasó a ser egipcio por adopción.

Veinte años de aprendizaje es mucho tiempo, y para Pitágoras supuso algo menos de un cuarto de su vida completa. Debió convencerse en este largo período de que las matemáticas egipcias cumplían una labor divina, en las que los números ejercían una función universal. Pudo concebir aquí su famoso teorema sobre que el cuadrado construido sobre la hipotenusa de un triángulo rectángulo equivale a la suma de los cuadrados construidos sobre los lados del ángulo recto.

Son muchos los arqueólogos-matemáticos que han demostrado que los constructores de las pirámides se servían de unos recursos geniales: con un círculo inscrito en un cuadrado conseguían dividir, de una forma geométrica, las dos figuras en partes iguales de dos a diez, al mismo tiempo que todos sus múltiplos posibles. Esto les permitía no tener que recurrir a mediciones, ni a cálculos aritméticos. Nada más que precisaban una regla y un compás.

Es curioso que Pitágoras no dejase constancia de estos conocimientos. ¿Acaso formaban parte de la serie de secretos que le fueron prohibido comunicar, lo mismo que Tales de Mileto también se reservó otros tantos? Lo que si ha quedado claro es que el sabio de Samos concedió a los números y a las matemáticas un valor esencial en todos las parcelas de la creación universal: eran símbolos místicos que bordeaban lo divino.

Pitágoras se estaba entrenando para ocupar en la conciencia griega el puesto de Homero y Hesíodo. Sin él es posible que nunca hubiésemos conocido a Sófocles y a Platón, dos de sus más geniales seguidores. Porque dejó la ciencia desnuda de ficciones poéticas y místicas, para conceder a la razón el título de la única ruta a seguir. Gracias a su saber la realidad se distinguió de la apariencia y los números de los fenómenos. Esto le concede el honor de ser, para siempre, un desinteresado investigador de la verdad.

Corría el año 525 a.C. cuando dos poderosos ejércitos, egipcios y persas, se batieron en singular combate en Pelusio. La batalla fue tan cruenta que murieron más de veinte mil hombres de los dos bandos. La derrota del ejercito egipcio consiguió que Egipto profiriese sus primeros estertores de una larga agonía. Cambises II, hijo de Ciro II el Grande, el vencedor, no mostró ningún tipo de piedad ya que hasta se ensañó con la momia del Faraón Amasis, al ordenar que la azotaran y, después, la quemaran. Cometería muchas otras atrocidades.

Pitágoras fue llevado a Babilonia por las tropas de Cambiases como prisionero de guerra. Allí entablaría contacto con los magos de Sumeria y Arcadia, cuya sabiduría era más antigua que la recibida en el Valle del Nilo.

Pitágoras fue llevado a Babilonia como un rehén, es decir, siendo un prisionero que podía comprar su libertad. Puede decirse que era un hombre libre dentro de la ciudad donde se encontraba, aunque se le prohibía salir de la misma al no contar con el imprescindible salvoconducto. Con esta relativa facilidad de movimientos, comenzó a reconocer que las posibilidades de aprender eran allí más gratas que encerrado en los santuarios egipcios.

Poco llamó su atención la Etemenanki (Torre de Babel), debido a que su interés se hallaba centrado en el mapa celeste que había sido pintado en los techos del Palacio Real. Después de unas horas de observación de esta obra prodigiosa, se convenció de que los sabios caldeos en nada tenían que envidiar a los que conoció en los Valles del Nilo. Porque el movimiento de los astros se hallaba trazado en función de la suerte de los seres humanos. Allí estaba contemplando una verdadera Astrología Moral, que venía a ratificar su teoría: “cada criatura y elemento de este mundo se halla recogido por un número”.

Lo que realmente emocionó a Pitágoras fue el encuentro con los seguidores de Zoroastro. El sabio de Samos fue bautizado en el Eufrates, según recomendaba Zoroastro, con lo que quedó libre de los malignos espíritus que originan las enfermedades y los pecados. Con este paso pudo aprender las reglas de la santidad. También le enseñaron a limpiarse el cuerpo con hierbas y plantas mágicas. Para el aseo mental le recomendaron el eléboro y la escila o cebolla de mar. Ésta podía recogerse en las playas del país. Alargaba la vida y proporcionaba una salud excelente.

Pitágoras estaba convencido de que Zoroastro enseñó una religión de perfeccionamiento moral, que podía aplicarse a los griegos. Extendió la idea de que la existencia en la tierra sirve para que los seres humanos se preparen a vivir una o más existencias posteriores, en las que se encontrarán libres de todo materialismo. En base a esta creencia el nacimiento no suponía un castigo, ya que los seres humanos eran arrancados de la nada para moverse por un sendero de perfeccionamiento, cuyo premio sería una vida superior. Esto alejaba a los dioses como protectores a los que se implora ayuda, debido a que cada hombre y mujer podía hallar el camino por sus propios medios.

Entre los doce y quince años que Pitágoras permaneció en Babilonia, pudo realizar algunas visitas a China y a la India. Si al iniciado Buda unimos la figura de Pitágoras, nos encontramos con unos sorprendentes puntos de contacto: los dos creían en las reencarnaciones, predicaban la fraternidad entre los seres humanos, una vida sometida al ascetismo, un régimen conventual de los futuros sacerdotes o practicantes y la existencia de un dios Sol. Los puntos de contacto entre el Iniciado Confucio y el sabio de Samos hemos de verlos en la moral cívica o social, que se puede conseguir por medio de la música.

Notemos, pues, un hecho extraordinario. De un extremo a otro del mundo, Confucio, Buda y Pitágoras, el chino, el hindú y el griego estaban animados en una misma época por análogas inspiraciones y predicaban el mismo evangelio.

Persiguiendo el conocimiento (I).

Persiguiendo el conocimiento (III).

To be continued.

Referencia: Pitágoras – Patricia Caniff

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