La II Gran conflagración

Fueron tan horribles las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que, al finalizar el conflicto, Francia y Gran Bretaña, sus principales vencedoras en Europa, se encontraban completamente exhaustas y tenían la firme determinación de no repetir, costara lo que costara, aquella terrible experiencia. Los estadounidenses, tras su contribución vital a la derrota de la Alemania imperial, querían desentenderse de lo que consideraban un Viejo Mundo corrupto y depravado. Europa central, fragmentada por las nuevas fronteras guerra08acordadas en Versalles, tenía que afrontar la humillación y la penuria de la derrota.

Con su orgullo herido, los oficiales del ejército austrohúngaro vivieron una especie de cuento de la Cenicienta, pero sin final feliz: sus uniformes de cuento de hadas fueron sustituidos por ropas raídas propias de un desempleado. La amargura de tantos oficiales y soldados alemanes ante la derrota se intensificaba aún más al pensar que hasta julio de 1918 sus ejércitos no habían sido derrotados, lo que hacía parecer el repentino colapso de la nación totalmente inexplicable y siniestro.

guerra09La gran inflación de 1923-1924 vino a socavar la seguridad y la rectitud de la burguesía germánica. La amargura provocada por un sentimiento de vergüenza nacional y personal dio paso a una ira irracional. Los nacionalistas alemanes soñaban con que llegara el día en el que poder vengar la humillación del Diktat de Versalles.

Para las futuras víctimas de Alemania, la tragedia fue que una parte importantísima de la población del país, harta de tanto desorden y tanta desconsideración, estaba dispuesta a seguir ciegamente al criminal más temerario que haya conocido el mundo. Hitler consiguió despertar sus peores instintos: el resentimiento, la intolerancia, la arrogancia y el más peligroso de todos, el sentimiento de superioridad racial.

guerra10En cuanto Hitler logró consolidar su poder con una serie de estrictos decretos y con encarcelamientos en masa, se centró en poner fin a las limitaciones que suponía el tratado firmado en Versalles. En 1935 volvió a entrar en vigor el servicio militar obligatorio, los británicos aceptaron que Alemania reforzara su poder naval y se constituyó oficialmente la Luftwaffe. Ni Gran Bretaña ni Francia protestaron con determinación ante aquel programa acelerado de rearmamento.

En marzo de 1936 tropas alemanas volvieron a ocupar Renania violando abiertamente, por primera vez, los tratados de Versalles y de Locarno. Esta bofetada en toda regla a Francia, que había controlado la región durante los últimos diez años, provocó en Alemania que la figura del Führer comenzara a ser venerada por toda la población en general, incluso por muchos de aquellos que no lo habían votado en las pasadas elecciones. Su apoyo y la débil reacción anglo-francesa animaron a Hitler en su determinación. Con gran astucia, Hitler había restaurado el orgullo alemán, mientras su plan de rearmamento, mucho más que su tan cacareado programa de obras públicas, ponía freno al desempleo. Pero aquello tenía un precio, la brutalidad de los nazis y la pérdida de libertad, precio que, en opinión de la mayoría de los alemanes, merecía la pena pagar.

Paso a paso, con la defensa a ultranza de su política, Hitler fue seduciendo al pueblo alemán, que comenzó a perder los valores humanos. Donde este hecho se hizo más evidente fue en la persecución a la que se vio sometida la población judía, que se desarrolló a rachas.

guerra11Las apocalípticas arengas de Hitler contra los judíos pretendían satisfacer una mezcla incoherente de codicia, envidia y supuesto resentimiento. La política nazi tuvo como objetivo desposeer a los judíos de sus derechos civiles y de todas sus pertenencias, para luego, con la humillación y el acoso, obligarlos a abandonar Alemania. «Los judíos tienen que salir de Alemania, sí, tienen que salir de toda Europa», comentó a Goebbels el 30 de noviembre de 1937. «Esto costará un tiempo, pero debe conseguirse y se conseguirá».

En su obra Mein Kampf, mezcla de autobiografía y manifiesto político publicada por primera vez en 1925, Hitler había dejado bastante claro su plan de convertir Alemania en la potencia hegemónica de Europa. En primer lugar, llevaría a cabo la unificación de Alemania y Austria y, a continuación, poblaría de alemanes los territorios que fuera recuperando al otro lado de las fronteras del Reich. «Los pueblos de una misma sangre deben compartir una patria común», escribió. Solo cuando esto se cumpla, el pueblo alemán tendrá la «justificación moral» de «tomar posesión de tierras extranjeras. El arado sucederá entonces a la espada; y de las lágrimas de la guerra brotará para las generaciones venideras el pan de cada día».

guerra12El «granero» de Ucrania tenía un interés especial para Alemania, sobre todo tras la hambruna vivida en este país durante la Primera Guerra Mundial a causa del bloqueo británico. Hitler estaba firmemente decidido a impedir que en Alemania volviera a reinar una desmoralización como la de 1918, que dio paso a la revolución y al hundimiento del país. Esta vez serían otros los que pasarían hambre. Pero uno de los principales objetivos de su proyecto del Lebensraum era apropiarse de la producción petrolífera del este de Europa. El Reich se veía obligado a importar, incluso en tiempos de paz, alrededor del 85 por ciento del petróleo que consumía, lo que se convertiría en el talón de Aquiles de Alemania durante la guerra.

guerra13En su afán por obtener un aliado más para la futura guerra con la Unión Soviética, Hitler estableció un pacto anti-Comintern con Japón en noviembre de 1936. El imperio nipón había comenzado su expansión colonial en Extremo Oriente en la última década del siglo XIX. Aprovechando la decadencia del régimen imperial chino, había entrado en Manchuria, invadido Taiwán y ocupado Corea. Tras derrotar a la Rusia zarista en la guerra de 1904-1905, se había convertido en la principal potencia militar de la región. A raíz del colapso de la Bolsa de Wall Street y de la subsiguiente depresión mundial, en Japón había crecido un sentimiento antioccidental. Y una clase dirigente cada vez más nacionalista veía Manchuria y China de una manera muy similar a cómo los nazis contemplaban la Unión Soviética en sus planes: una vasta región con una población a la que someter para cubrir las necesidades de las islas que constituían el estado nipón.

Durante mucho tiempo, el conflicto chino-japonés ha sido la pieza que faltaba en el rompecabezas de la Segunda Guerra Mundial.

guerra14El gobierno de Neville Chamberlain, al igual que la mayoría de la población británica, seguía estando dispuesto a convivir con una Alemania rearmada y revitalizada. Con su camisa de cuello de puntas, su bigote eduardiano y su eterno paraguas, demostró no saber estar a la altura de su cargo en el momento de afrontar la evidente implacabilidad del régimen nazi.

Otros, incluso muchos de los que expresaban sus simpatías por la izquierda, también fueron reacios a enfrentarse al régimen de Hitler, pues seguían estando plenamente convencidos de que Alemania había recibido un trato sumamente injusto en la conferencia de Versalles. Además, les resultaba difícil poner objeciones a las pretensiones de Hitler de anexionar al Reich, por cuestiones étnicas, regiones fronterizas con Alemania, como la de los Sudetes, en las que había población de origen germánico. Lo que más horrorizaba a británicos y franceses era la idea de que pudiera estallar otra guerra en Europa. Permitir que la Alemania nazi se anexionara Austria en marzo de 1938 no parecía un precio demasiado elevado para salvaguardar la paz mundial, sobre todo porque la mayoría de austríacos había votado en 1918 a favor del Anschluss, o unión con Alemania, y veinte años después celebraba el triunfo nazi. Las pretensiones austríacas al final de la guerra de que ellos habían sido las primeras víctimas de Hitler, eran completamente infundadas.

Más tarde, Hitler decidió que quería invadir Checoslovaquia en octubre. Con ello pretendía asegurar el bienestar de la población después de la recolección de las cosechas por parte de los agricultores alemanes, pues los ministros nazis temían que se produjera una crisis en el suministro de alimentos de la nación. Sin embargo, para exasperación de Hitler, Chamberlain y Daladier, durante las negociaciones de Munich en septiembre, le concedieron los Sudetes en la esperanza de mantener la paz. La actitud de estos dos dirigentes dejaba a Hitler sin su guerra, aunque al final le permitiera ocupar todo el país sin derramar una gota de sangre. Chamberlain también cometió un grave error al negarse a hablar con Stalin. Esta postura influyó en la decisión del dictador soviético en agosto de guerra15aceptar que se firmara el llamado Pacto Molotov-Ribbentrop. Como creería más tarde Franklin D. Roosevelt que podía hacer con Stalin, Chamberlain pensó, con absurda autosuficiencia, que él solo podía convencer a Hitler de que mantener buenas relaciones con los Aliados occidentales iba en interés del dictador alemán.

No fue hasta noviembre cuando comenzaron a abrirse los ojos y a comprobar la verdadera naturaleza del régimen de Hitler. Tras el asesinato de un funcionario de la embajada alemana en París por un joven judío de origen polaco, los «camisas pardas» nazis se lanzaron a las calles, dando inicio al pogromo guerra17alemán que conocemos con el nombre de la noche de los cristales rotos, Kristallnacht, por los destrozos que sufrieron las ventanas y los aparadores de las tiendas. Aquel otoño, con la amenaza de la guerra cerniéndose sobre Checoslovaquia, una «violenta energía» comenzó a apoderarse del Partido Nazi. Los «camisas pardas» de la SA prendieron fuego a las sinagogas, agredieron y asesinaron a judíos y rompieron los escaparates y los aparadores de sus tiendas, lo que permitió que inmediatamente Göring lamentara el coste en divisas extranjeras que suponía recomponer aquel destrozo con vidrio importado de Bélgica.

Muchos alemanes quedaron horrorizados ante esos hechos, pero, en poco tiempo, la política nazi de aislamiento de los judíos consiguió que la inmensa mayoría de la población se mostrara indiferente a la suerte que corrían sus conciudadanos. Y fue también una parte importante de la población la que no tardó en dejarse llevar por la tentación de apropiarse fácilmente de las posesiones y los bienes incautados a los judíos y por lo que representaba la «arianización» de sus negocios y empresas. La manera en la que los nazis fueron enredando cada vez a más ciudadanos alemanes en su trama criminal pone de relieve su extraordinaria astucia.

La ocupación del resto de Checoslovaquia en marzo de 1939 —una violación flagrante de la convención de Munich— vino a demostrar que la pretensión de Hitler de poner al amparo del Reich a las minorías étnicas alemanas no era más que un pretexto para anexionarse territorios. Ello obligó a Chamberlain a comprometerse con Polonia, como señal de advertencia a Hitler ante otros posibles proyectos de expansión del dictador.

Más tarde, el Führer se lamentaría de no haber conseguido entrar en guerra en 1938 debido a que «los británicos y los franceses aceptaron todas mis exigencias en Munich». En la primavera de 1939 contó al ministro de asuntos exteriores rumano lo impaciente que estaba, utilizando los siguientes términos: «Ahora tengo cincuenta años», dijo. «Prefiero entrar en guerra ahora que cuando tenga cincuenta y cinco o sesenta». (En agosto expresó este mismo pensamiento al embajador británico.)

Así pues, Hitler reveló que pretendía cumplir su objetivo de dominación europea en el arco de una vida, la suya, que suponía que iba a ser corta. Su vanidad obsesiva le impedía confiar en otra persona para llevar a cabo la misión que se había impuesto. Se consideraba literalmente insustituible, e incluso dijo a sus generales que el destino del Reich dependía exclusivamente de él. El Partido Nazi y todo su caótico sistema de gobierno nunca fueron concebidos para ofrecer estabilidad o continuidad. Y la retórica hitleriana del «Reich milenario» ponía de manifiesto una significativa contradicción psicológica, viniendo, como venía, de un soltero impenitente que por un lado sentía la satisfacción perversa de poner fin a la reproducción de sus genes, y por otro ocultaba una fascinación insana por el suicidio.

Visto en retrospectiva, tal vez parezca que el ciclo de resentimientos que comenzó tras la firma del Tratado de Versalles hizo inevitable el estallido de otra guerra mundial, pero lo cierto es que en la historia nada está predestinado. Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, buena parte de Europa quedó dividida por fronteras inestables, y convertida en escenario de innumerables tensiones. Pero no cabe la menor duda de que fue Adolf Hitler el principal arquitecto de aquella segunda, y mucho más terrible, conflagración, que se extendió por todo el mundo para llevarse millones de vidas, y al final incluso la suya propia. Y, sin embargo, en lo que resulta una intrigante paradoja, el primer enfrentamiento armado de la Segunda Guerra Mundial se desencadenó en Extremo Oriente.

Una breve historia de la II Guerra Mundial

La Gran conflagración

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