No es cuestión de fe

En todo lo concerniente a la Sábana Santa, la ciencia y la misma Iglesia siempre han mantenido prudencia en sus afirmaciones. Hoy por hoy todo lo que encierra la Sábana Santa es un misterio que atrae la atención de propios y extraños; sin embargo la Iglesia sigue firme en una posición: la fe de los católicos está por encima de un trozo de tela que sabana_01sirve para reforzar la fe, no para fundamentarla.

El Papa Juan Pablo II en su discurso de 1998 dijo que la Sábana Santa no es cuestión de fe, en el sentido de que si uno cree o no cree sea decisivo para la fe católica, lo que dice es que es como una ayuda para la fe, no un fundamento.

En todo caso la fe cristiana puede continuar adelante y tranquilamente con esta certeza. Se podrá pensar qué tipo de oración se podría hacer delante de este objeto. En cualquier caso está bien justificada la veneración de la Sábana Santa porque es un objeto extraño, no es tan solo un lienzo que cualquiera dice que ha estado sobre el cuerpo de Jesús; este lienzo conserva una imagen, y esa imagen está ahí. En todo caso de que pudiera ser demostrado que el lienzo no ha tocado el cuerpo de Jesús, este lienzo es «el espejo del Evangelio», por tanto, aún hoy o en el futuro se puede justificar su veneración, porque está la imagen del evangelio.

Pero es que, si la Sábana hubiese envuelto la cabeza de un cadáver, el resultado también habría sido muy distinto al que presenta. Cosas de la pintura figurativa.

sindone_15Pero antes les pongo en antecedentes. Como probablemente sepan ya del anterior post (La síndone o sábana santa), la primera noticia histórica sobre la Sábana Santa de Turín está contenida en el llamado Memorial de d’Arcis mediante el cual Pierre d’Arcis, obispo de Troyes, formuló hacia 1389 una denuncia ante el Papa (Clemente VII de Aviñón) contra el deán de la Colegiata de Lirey. El obispo contaba que el deán de Lirey había conseguido un lienzo en el que estaba pintada la figura de un hombre de frente y de espaldas, y aseguraba que se trataba del sudario de Jesús. Al exhibirlo, además, unos individuos a sueldo del deán fingían curaciones milagrosas, con el fin de lograr las donaciones económicas de los incautos peregrinos. El obispo contaba igualmente que el engaño se había producido por primera vez treinta y cuatro años antes, en la época de su antecesor en el cargo Henri de Poitiers, quien logró capturar al artista que creó el lienzo y prohibió su exhibición.

Desde entonces la historia y las vicisitudes de la Sábana de Turín están bastante bien documentadas, pero el problema para los sindonólogos es explicar el silencio de más de 1300 años que separan la época de Cristo de esta primera aparición de la “síndone”. Y digo es un problema para los sindonólogos porque, la verdad, para el resto del mundo no lo es: como habrán notado, las fechas que da Pierre d’Arcis coinciden con la horquilla que determinaron las pruebas de Carbono 14 a las que fue sometido el tejido.

Pero claro, para solucionar un problema lo mejor es echarle imaginación, y de eso no falta entre los estudiosos de la Sábana, que para rellenar este hueco más que milenario han echado mano de una serie de leyendas, suposiciones e invenciones la mar de pintorescas. La versión más popular, o al menos la que yo he escuchado más a menudo, es la que en su día se sacó de la manga Ian Wilson. Con alguna que otra variación, según quien la cuente, viene a decir que tras la muerte de Cristo, la Sábana fue llevada en secreto hasta la antigua ciudad de Edesa, donde fue venerada como el verdadero rostro de Jesús. Allí permaneció hasta el siglo X, cuando fue trasladada a Constantinopla, y luego robada por los cruzados durante el saqueo de la ciudad de 1204. A partir de ahí, la verdad, los sindonólogos pasan a inventarse alguna que otra rocambolesca historia para intentar explicar cómo fue a parar a poder de Geoffroi de Charny, propietario de la abadía de Lirey en la época de la primera aparición de la Sábana.

La historia, la verdad, hace aguas por los cuatro costados. Por ejemplo, no hay forma de relacionar a Geoffroi de Charny con los saqueadores de Constantinopla, aunque no ha faltado quien -cómo no- ha aprovechado este hueco para rellenarlo con la masilla universal con la que se rellenan los agujeros históricos de la Edad Media, o sea, con los Templarios. Para estos pseudohistoriadores la Sábana fue a parar en un principio a poder de los Templarios, y Geoffroi de Charny la obtuvo por su condición de descendiente de Geoffroi de Charney, que fue ejecutado en 1314 junto a Jacques de Molay y el resto de la plana mayor del Temple. El problema es que ni consta que Charney tuviera descendencia (lo más probable es que no fuera así, ya que ingresó en la Orden siendo muy joven) ni que tuviera con Charny más relación que el parecido entre sus nombres y apellidos. Otras versiones (como que Charny la obtuviera como regalo del rey) resultan también problemáticas, si tenemos en cuenta que no consta en parte alguna ni que el rey la tuviera con anterioridad, ni que se la regalase a Charny, ni que este declarase en parte alguna que la poseía, ni que en el proceso eclesiástico abierto a consecuencia de la denuncia del obispo se alegase tal cosa, que sin duda hubiese sido un poderoso argumento a favor de los propietarios de la abadía. Recordemos, además, que no se trataba de un relicario con los recortes de uñas de un santo olvidado del año de Maricastaña, sino de la que sin duda sería una de las reliquias más importantes de la cristiandad. La ausencia de evidencias, en este caso, sí que parece ser una poderosa evidencia de ausencia, ¿verdad?

Pero si el salto desde la Constantinopla de principios del siglo XIII a la Lirey de mediados del siglo XIV es difícil de explicar, lo del Edesa es de traca. Porque cuenta la leyenda…

¿Un estudio científico?

sabana_05“Científicos y técnicos de la NASA (después de tres años de estudio) han aportado datos suficientes como para deducir que Cristo resucitó” [Benítez, 1978]”.

Veintidós palabras y dos mentiras bastaron a finales de los años 70 para convencer a los españoles de que la llamada Sábana Santa era en sí una prueba científica de uno de los principales dogmas de fe cristianos, la resurrección de Jesús de Nazaret. El mensajero de la buena nueva fue uno de los más renombrados fabricantes de misterios y el medio elegido, una revista sensacionalista dedicada a lo paranormal.

Pero nada de eso importaba porque era la tecnología de la era espacial la que había confirmado la autenticidad del sudario de Turín. Al menos, eso es lo que los embaucadores de turno hicieron creer a mucha gente de buena fe hasta que la prueba del carbono 14 puso las cosas en su sitio en 1988.

La NASA no ha examinado nunca el lienzo de Turín. La investigación corrió en realidad a cargo de la Sociedad para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), de la que formaban parte, a título particular, algunas personas vinculadas a la NASA. Sin embargo, Benítez y compañía han hablado hasta la saciedad del estudio de la NASA para otorgar credibilidad al trabajo del STURP, un grupo de creyentes relacionado con la religiosa Hermandad del Santo Sudario.

Después de más de seis siglos de controversia, el Vaticano aceptó en 1988 que se sometiera la sábana santa a la datación mediante radiocarbono.

El cardenal Anastasio Ballestrero confirmó el 13 de octubre de 1988 las sospechas de los escépticos. Los análisis científicos llevados a cabo por tres laboratorios de Estados Unidos, Gran Bretaña y Suiza demostraban que el tejido del sudario de Turín había sido confeccionado entre los años 1260 y 1390. La Iglesia aceptó el veredicto de la ciencia; pero confirmó “su respeto y su veneración a esta imagen de Cristo, que sigue siendo objeto del culto de los fieles. El valor de la imagen es preeminente respecto al eventual valor de muestra histórica” [Cardenal Ballesteros, Massagué, 1988].

El análisis de radiocarbono era una vieja reivindicación de la comunidad científica mundial, la puntilla a años de investigaciones. Los resultados no sorprendieron más que a los inventores de misterios, ya que los investigadores rigurosos que habían examinado el sudario estaban convencidos de su origen medieval.

El Vaticano aceptó los resultados del estudio; pero los empecinados sindonólogos emprendieron una cruzada de descrédito contra la prueba del radiocarbono. Y lo hicieron
con la torpeza que les caracteriza.

¿Un negativo fotográfico?

sabana_02Fue el abogado italiano Secondo Pia el que descubrió en 1898 que el sudario de Turín era un negativo tras tomar varias placas fotográficas de la reliquia.

Pia retrató las manchas que aparecían en la tela y, “en lugar de encontrar el negativo que se esperaba y suponía que debía salir, se llevó la sorpresa de encontrarse con un positivo de la cara de un hombre con bigote y barba, melena larga y ojos cerrados: era la cara de Jesucristo”. El abogado llegó a la sorprendente conclusión de que la síndone contenía el negativo fotográfico de un cadáver que había sido envuelto en la pieza de lino de 4,32 metros de longitud y 1,10 metros de anchura. Pia se dejó llevar por las apariencias y no fue capaz de darse cuenta, por ejemplo, de que las manchas de sangre de la sábana son rojas (algo imposible en un negativo) y la barba del cadáver es negra, lo que quiere decir que el individuo supuestamente envuelto en el lienzo era un anciano de barba blanca.

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Los partidarios de la autenticidad de la reliquia repiten hasta la saciedad que en la tela está plasmada la imagen de un hombre perfecto sometido a una cruel tortura. “Cuando los estudiosos dejan a un lado las heridas propias del suplicio dicen ver “un rostro de una majestad, de una grandiosidad, de una nobleza, de una unción, de una serenidad, de una amabilidad, de una bondad, de una dulzura, de una paz, y al mismo tiempo de una enorme virilidad”” [Loring, 1979]. La realidad, sin embargo, no tiene nada que ver con la ficción devota. El hombre del sudario de Turín es un ser deforme, como se deduce del hecho de que la figura presenta una serie de detalles que violan las leyes anatómicas.

El hombre de la sábana santa, que supera los 1,80 metros de altura y los 80 kilos de peso, está en una postura imposible. Mientras que en la imagen frontal aparece relajado, con ambas piernas totalmente estiradas, en la vista dorsal está impresa la planta del pie derecho, lo que exigiría que hubiera doblado una rodilla. En el rostro no hay ninguna simetría y la larga melena no cae hacia la nuca, sino que se mantiene suspendida como por arte de magia.

La barba es en la imagen de color oscuro, lo que quiere decir que si se trata de un negativo fotográfico, el cadáver debía tenerla blanca. Pero aún hay más. Cuando alguien se tumba de espaldas, las nalgas quedan aplastadas contra la superficie en la que el cuerpo reposa y eso no ocurre con la figura de la sábana, que, en el colmo del puritanismo, oculta los genitales tras las manos.

Además, en la zona de la tela donde deber ía estar impresa la parte superior del cráneo, no hay nada. Por si eso fuera poco, la distancia que separa la frente de la parte posterior de la cabeza ronda los 12 centímetros; es la propia de un ser microcéfalo.

El lienzo de Turín contiene, además, llamativos rastros de sangre. Y aquí es donde la irracionalidad vuelve a chocar con la lógica y con la propia tradición cristiana.

Como todo el mundo sabe, al envejecer, la sangre se torna primero parda y luego negra. Sin embargo, en la Sábana Santa, la sangre, que según los sindonólogos tiene dos milenios de antigüedad, es sorprendentemente rojiza. La propia existencia de sangre en la tela demostraría, por otra parte, que el sudario de Turín nunca envolvió el cuerpo de Jesucristo. A la hora de narrar el enterramiento de Jesús, san Juan escribe: ““Vino también Nicodemo, el que antes había ido a encontrarlo de noche; éste trajo una mixtura de mirra y áloe, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en fajas con las especies aromáticas, según la manera de sepultar de los judíos”” (Juan 19: 39-40). Es decir, que el cuerpo de Jesucristo fue lavado y perfumado antes de envolverlo en fajas. Si se limpió el cadáver, no tenía que haber rastros de sangre en la mortaja, que, por otra parte, nunca fue una sábana. Además, los discípulos debían haber afeitado el pelo y la barba de su maestro, tal como marcaba la tradición hebrea.

¿Quién y cómo?

Si la sábana de Turín no envolvió el cuerpo de Jesús hace dos milenios, ¿dónde, cuándo y cómo se plasmó en el lienzo la figura del hombre torturado? El lienzo apareció en el siglo XIV en Francia y no hay ninguna referencia anterior, a pesar de que, de ser auténtico, sería la reliquia más valiosa de la cristiandad. Cabe pensar, por lo tanto, que la sábana fue confeccionada en las proximidades de Troyes por alguien próximo a Geoffroy de Charny con la única intención de atraer a los crédulos y hacer negocio, tal como denunció el obispo Pierre d’Arcis en la misiva que envió al papa Clemente VII en 1389.

Fabricar una sábana santa está al alcance de cualquiera. Basta con poner un pedazo de papel sobre una moneda y frotar con la punta de un lapicero. Es algo que han hecho casi todos los niños y que, sin embargo, son incapaces de entender los defensores de la autenticidad histórica de la llamada síndone de Turín. Para obtener resultados similares a los de la Sábana Santa, basta con hacer lo mismo que cualquier escolar, pero tomando una tela y un bajorrelieve. La técnica medieval del frotado produce imágenes con apariencia de negativos, en las que los altibajos del relieve se corresponden con altibajos en el tono de la imagen. La figura así obtenida tiene, como la del sudario, algunos espacios en blanco rodeando las formas prominentes. Con un pigmento semiseco o en forma de polvo, se consigue también que la pintura no penetre más allá de las primeras fibras, además de no dejar marcas de brocha ni direcciones de hechura, como es el caso del sudario.

sabana_04Vittorio Pesce Delfino, en su obra “E L’Oumo Creó la Sindone”, explica cómo hizo una Sábana Santa con un bajorrelieve de bronce. Tras un análisis de todo lo que dicen los creyentes de que la Sábana Santa conservada en Turín es la auténtica mortaja de Cristo se propuso hacer una imagen que visualmente sea parecida y cumpla los mismos requisitos que la original.

Primero se hace un bajorrelieve con la imagen que se quiere reproducir. La imagen es totalmente simétrica, al estilo de las que estaban de moda en las catedrales góticas. Por ejemplo, el Cristo de Amiens, es casi idéntico al de Sábana. Y también se parecen mucho los de Vezelay o Chartres.

El bajorrelieve debe ser muy bajo, es decir, con una profundidad muy pequeña. Al estilo de las losas sepulcrales. En la catedral de St. Stephan en Viena hay muchas de dichas losas sepulcrales, de cuerpo entero y a tamaño real, realizadas en bronce. Una de esas sería perfecta para hacer la Sábana Santa.

La losa se calienta a una temperatura entre 200 y 300 grados (230 es una buena temperatura). Después, encima de ella, muy cerca, pero sin tocarla, se pone una tela de lino, durante dos minutos. Y ya está, se forma la imagen.

Hacer las “manchas de sangre” es tan sencillo como poner òxido de hierro y calentar. Los estudios de McCrone ya encontraron restos de óxido de hierro en su análisis de la Sábana Santa.

La razón de tan extraño método de fabricación es que es indeleble y por tanto resiste los “juicios de Dios” consistentes en lavar la Sábana tres veces en aceite hirviendo.

En el libro hay 103 fotos; al verlas uno se da cuenta de que el trabajo de Pesce es magnifico.

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