La muerte: ¿una ventaja para la supervivencia?

20121211-230839.jpg¿Por qué una tortuga de las islas Galápagos vive ciento cincuenta años, una mosca apenas un día y un ser humano raramente supera los ochenta años? ¿Es simplemente porque nuestras partes se gastan a diferentes velocidades? ¿O existe acaso una razón, o incluso alguna ventaja evolutiva, para la brevedad de la vida? Y, en caso de que existiera algún propósito biológico positivo, ¿significa eso que el reloj puede reiniciarse, suponiendo que la evolución haya empleado alguna clase de mecanismo para «ajustar» el cronómetro de la vida en primer lugar?

¿Podría la velocidad a la que llega la muerte tener una ventaja para la supervivencia? A primera vista parece una idea ridícula, pero creo que podría haber una explicación muy simple para la variación que observamos en la duración de la vida animal: los animales podrían envejecer y morir sólo para impedirles procrear con sus propios hijos. ¡Incesto!

Nosotros, por supuesto, tenemos tabúes muy estrictos en relación con el incesto desde tiempos inmemoriales. De hecho, la procreación entre padres e hijos provoca daños particularmente desastrosos a la integridad genética de casi toda la vida en este planeta, causando esterilidad tanto en los animales como en las plantas en apenas unas generaciones. Antes de que se establecieran los tabúes humanos, es posible que la naturaleza se encargara de poner en práctica su propio tabú a través de la imposición de una duración máxima del plazo vital para impedir así que se produjera esa catástrofe genética.

20121211-231331.jpgEn los antiguos mares de la Tierra, donde se formó el ADN y la vida unicelular contribuyó a replicarlo durante más de mil millones de años, no había necesidad de limitar la duración de la vida. Las bacterias y la mayoría de las células ni siquiera se reproducían sexualmente y, si lo hacían, las posibilidades de que siquiera encontraran a alguien de su misma progenie eran prácticamente nulas. Los científicos han especulado que, de hecho, ciertas formas de bacteria pueden ser inmortales. En el año 2.000 se encontraron bacterias que habían permanecido con vida durante doscientos cincuenta millones de años encerradas en cristales de sal que estaban enterrados a gran profundidad.

20121211-231753.jpgPero los animales con acceso a grupos de reproducción más pequeños tienen un problema. Cuantos más hijos tienen con cada embarazo, se convierten en una amenaza más grave para la charca genética, a menos que el ADN se proteja a sí mismo implantando una bomba de tiempo en esos animales preparada para estallar antes de que se produzca una reproducción entre generaciones.

Para ver si esa correlación pudiera contener algo de verdad, comencemos por comparar la duración de la vida de un animal con su 20121211-232400.jpgcomportamiento reproductivo. Los mejillones pueden vivir hasta los cien años. Viven en colonias y mezclan en el agua del mar miles de millones de células sexuales para reproducirse. Con el flujo de la marea en una dirección durante su desove sincronizado y la propia multitud de participantes, la posibilidad de una reproducción incestuosa es virtualmente inexistente. No hay presente ninguna duración de vida que resulte discernible. Las almejas gigantes, que se reproducen de una manera muy similar, pueden vivir quinientos años. Los gusanos que viven cerca de los respiraderos termales en el fondo del mar y muchos corales que se reproducen de esta manera se cree que viven cientos de años.

Los percebes, por otro lado, también viven en colonias, pero su expectativa de vida es de sólo dos años. ¿Por qué? Se reproducen de una manera muy diferente. Los percebes machos extienden unos penes que tienen nueve veces la longitud de sus cuerpos, más largos que cualquier pene en relación con el tamaño del cuerpo de su dueño en el reino animal, con el fin de poder copular con otros percebes.

20121211-232730.jpgEl tamaño quizá importa, pero no mucho. Los percebes tienen necesariamente un grupo muy reducido de compañeros de reproducción. El riesgo de la reproducción cruzada generacional es lo bastante elevado como para que sea necesario que mueran antes de que una segunda generación esté preparada para reproducirse. La muerte se produce aproximadamente en una proporción que duplica la edad de reproducción.

20121211-233229.jpgLas coníferas, los primeros árboles que utilizaron polen para reproducirse, lo hacían así antes de que los insectos acudieran en su ayuda. Al igual que los arrecifes de coral, estos árboles tienen que escupir grandes nubes de células sexuales en las corrientes de aire que fluyen sobre los bosques, haciendo prácticamente imposible que se produzca una reproducción cruzada entre generaciones. Sabemos que los pinos de casi cinco mil años, y las secuoyas gigantes, los cedros y el pino kauri de Nueva Zelanda son algunos de los organismos más longevos del planeta. En 2.008 los investigadores descubrieron un abeto de casi diez mil años.

20121211-233446.jpgLa zarigüeya, el único marsupial de América del Norte, es un animal solitario, no emigra, y vive en el mismo lugar durante toda su vida. Tienen hasta trece crías por camada que alcanzan la madurez sexual después de transcurrido sólo un año. Si alguna vez ha habido un caso que hiciera posible la reproducción cruzada entre generaciones diferentes, es éste. Pero puesto que las zarigüeyas mueren al primer o segundo año de vida, esa reproducción cruzada no puede darse.

 El humilde gusano de tierra, por otra parte, existe en enormes cantidades, no tiene relaciones sociales y cambia constantemente de pareja reproductiva. Tiene una esperanza de vida de aproximadamente una década.

Los ratones campestres, que comen gusanos de tierra, son pequeños mamíferos que viven en madrigueras comunales y se reproducen rápidamente; sólo viven entre dos y seis meses antes de acabar con sus problemas vitales. Considerando la frecuencia de su apareamiento y la temprana edad a la que alcanzan su madurez sexual, eso les viene de perillas.

La termita reina es monógama. Junto con la termita rey, genera decenas de millones de crías en el curso de su vida. Aproximadamente del mismo tamaño que el ratón campestre, que vive sólo un centenar de días, puede vivir cien años.

20121211-234016.jpgLos conejos comunes son reproductores legendarios que viven en pequeñas madrigueras, con todo en su contra, si este principio es correcto. Viven sólo entre doce y quince meses de media, y el treinta y cinco por ciento de ellos muere en el primer mes. Curiosamente, los conejos en cautividad pueden vivir entre ocho y doce años, y si se los castra o se los esteriliza pueden alcanzar incluso el doble de ese tiempo, ya que el riesgo de contraer cáncer se ve notablemente reducido mediante ese procedimiento.

20121211-234339.jpgLas ballenas azules viven unos noventa años. Viajan en cardúmenes relativamente pequeños, como los conejos, pero a diferencia de ellos se congregan en gran número para procrear. Esta circunstancia hace que, durante la estación de apareamiento, las posibilidades de una procreación cruzadas se reduzcan casi a cero. Las ballenas del Ártico pueden vivir más de doscientos años. Hemos encontrado individuos vivos con puntas de flecha de piedra, que no han sido utilizadas desde el siglo XIX, aún alojadas en el cuerpo.

Uno de los animales más prolíficos es el normalmente solitario tiburón ballena. No pueden reproducirse hasta que tienen treinta años y lo hacen en grandes grupos frente a las costas de México, Australia, las islas Seychelles y África oriental, mientras realizan su viaje de apareamiento estacional como una especie de calendario social de fiestas interminables. Estos tiburones pueden vivir más de ciento cincuenta años.

Las langostas también se congregan, marchando todos los años en una gran fila de conga a través del lecho del océano hacia las zonas de apareamiento. Pueden alcanzar los cincuenta años o más si no acaban primero en el plato de la cena de alguien.

Las tortugas marinas, que viven entre ochenta y ciento cincuenta años, viajan miles de kilómetros para reunirse y mezclar la baraja genética. Las tortugas gigantes de las Galápagos y las Seychelles viven en vastas colonias todo el año y son famosas por su longevidad.

Las ardillas, sin embargo, no se congregan y tampoco emigran, y previsiblemente viven sólo uno o dos años, o el doble de la edad en que alcanzan su madurez sexual. En cautividad pueden vivir hasta quince años. De modo que, obviamente, la expectativa de vida biológica está equilibrada con respecto a la duración de la vida en su hábitat natural. No hay necesidad de limitar biológicamente la expectativa de vida si los depredadores ya se encargan de ello. De modo que, en la medida en que se den todas las condiciones para impedir la reproducción entre generaciones de la misma especie, la línea genética permanece en buen estado de salud.

Las ranas toro viven hasta dieciséis años en su hábitat natural, diez años de media, o sea, cinco veces más que las ardillas. Pero ¿por qué no disfrutan de una expectativa de vida más prolongada, teniendo en cuenta esa ecuación, si tienen acceso a un gran número de compañeros reproductores como los mejillones, los pinos y las tortugas? Después de todo, cada rana toro hembra pone hasta veinte mil huevos en un solo desove y vive en grandes colonias próximas unas de otras. No establecen vínculos sociales. La posibilidad de que se apareen con sus crías parecen similares a las de otros animales que también viven formando extensas colonias.

Las ranas toro son víctimas de los depredadores con más frecuencia que las ballenas o las tortugas gigantes, por supuesto, y deben reproducirse más de prisa con el fin de poder sobrevivir como especie. Pero creo que la respuesta reside en el hecho de que los hábitats de las ranas toro no proporcionan necesariamente acceso a grandes charcas de reproducción. Las ranas toro quedan aisladas con frecuencia en los estanques cuando el nivel del agua desciende. En el peor escenario posible, con una rana toro hembra y una macho compartiendo la misma charca, la hembra puede generar veinte mil posibilidades de reproducción generacional cruzada si los padres viven el tiempo suficiente. ¿Por qué, entonces, las ranas toro no tienen vidas cortas? Porque sus crías nadan como renacuajos durante unos asombrosos cinco años antes de convertirse en ranas y alcanzar la madurez sexual. Por tanto, tienen cinco años cuando se aparean, mientras que sus padres mueren a los diez años, el doble de la edad de la madurez sexual.

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Las aves monógamas como las cigüeñas blancas, las águilas calvas y los gansos 20121211-235304.jpgcanadienses viven hasta treinta años. El avestruz monógamo vive entre cincuenta y setenta y cinco años, y se ha observado a parejas que se reproducen juntos durante cuarenta años. Muchas subespecies de pavos salvajes, por el contrario, no se congregan y tampoco emigran y no son monógamos. Viven apenas dos o tres años en su hábitat natural. El ratón doméstico asiático, que se aparea de forma promiscua dentro de un reducido grupo social, vive sólo un año; el ratón doméstico monógamo de Estados Unidos vive siete años. Pero ¿qué sucede si se infringen todas las reglas?

El guepardo vive unos diez años en estado salvaje. Las hembras alcanzan la madurez a los dos años, mientras que los machos lo hacen un año antes. Esto es bastante inusual, puesto que las hembras de la mayoría de las especies alcanzan generalmente la madurez sexual antes que los machos, un escalonamiento que ayuda a impedir que se apareen entre hermanos en animales que tienen muchas crías simultáneamente. Sin embargo, aunque parezca extraño, los guepardos macho no tienen la posibilidad de reproducirse hasta su tercer año, ya que permanecen junto a sus madres mucho más tiempo que las hembras. Por cierto, éste es un fenómeno que también puede observarse entre ciertas especies de estudiantes de la escuela universitaria de graduados. Esto significa que las crías de guepardo tienen dos años para aparearse con su propia madre.

Este hecho parece contradecir completamente el principio. Y tal vez con resultados desastrosos. El guepardo, una de las especies de felinos más antigua, disfrutó de grandes grupos de reproducción durante sus cuatro millones de años de evolución. Pero ahora que su hábitat ha sido fragmentado y el número de sus compañeros de apareamiento ha mermado considerablemente, los guepardos se están reproduciendo de manera endogámica en una proporción alarmante, amenazando toda la especie, ya que sus crías se han vuelto más susceptibles y vulnerables a las enfermedades y la infertilidad. Se cree que en algún momento del pasado, los guepardos se enfrentaron a algún suceso que los llevó al borde de la extinción, de tal modo que todos los guepardos existentes han descendido de una pareja reproductora. Si fuera así, la misma conducta del guepardo que pudo haber salvado la especie entonces puede estar amenazándola ahora.

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Los elefantes africanos viven en pequeños grupos y no se reúnen para aparearse, pero pueden alcanzar los sesenta años. ¿Cómo es posible? En primer lugar, el setenta por ciento de ellos no sobrevive para llegar a los treinta, y la mitad muere a los quince. Y, aunque las hembras son fértiles a los veinte años y los machos alcanzan la madurez sexual a los catorce, cuando abandonan la manada o bien son expulsados de ella por las hembras, los machos no se aparean hasta los treinta años, momento en el que han conseguido finalmente el tamaño y la habilidad necesarios para competir con otros machos que se aparean con éxito. Por tanto, el comportamiento social de los elefantes evita la posibilidad de una reproducción generacional cruzada a través de lo que se denomina el efecto del «florecimiento tardío». Al igual que los hipopótamos, las ballenas y las ranas toro, el retraso de la edad de apareamiento aumenta la expectativa de vida al tiempo que no viola el principio de que la expectativa de vida es igual a no más del doble de la edad reproductiva.

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A través de la evolución humana, la expectativa de vida de nuestros ancestros nunca superó una media de treinta años. Los grupos humanos raramente superaban los doscientos individuos durante los millones de años de nuestra evolución y, a menudo, eran considerablemente más pequeños. Una charca genética tan pequeña invita al compromiso genético. Los machos humanos alcanzan la madurez sexual aproximadamente a los quince años, mientras que las hembras lo hacen entre los ocho y los catorce. Esto deja una ventana de siete años de oportunidad para el apareamiento padre/hijo, y aparentemente viola la regla.

Hasta el presente, sin embargo, la glándula pituitaria humana comienza a cerrarse a los treinta y cinco años. Sumemos a esto el hecho de que el macho alcanza el pico de su potencia sexual y su fuerza física aproximadamente a los diecisiete, y tendremos una competición entre machos jóvenes, fuertes y cachondos y tíos mayores y cansados que probablemente se dediquen a jugar al golf.

20121212-000635.jpgEste cálculo matemático, seguramente, no es accidental. El apogeo sexual y el declive se corresponden exactamente, incluso en los humanos. Propongo que no es porque morimos que tenemos que reemplazarnos a nosotros mismos, es porque nos reemplazamos a nosotros mismos que tenemos que morir, y debemos hacerlo según un programa muy apretado para evitar la superposición generacional. De hecho, no ha sido hasta los últimos doscientos años que la expectativa de vida en el mundo aumentó de los veinticinco a los sesenta y cinco años para los hombres y los setenta para las mujeres. Resulta ser que los seres humanos también vivimos más tiempo estando en cautividad.

O sea, que la notablemente profética correlación entre la duración de la vida y la oportunidad de la procreación generacional cruzada sugiere la presencia de un mecanismo y un propósito genéticos, si queréis, para la duración de la vida. Los científicos ya han descubierto «relojes» que están incorporados al organismo humano. Las mujeres poseen un número finito de óvulos. Después de los cuarenta, las disfunciones eréctiles se vuelven tan frecuentes entre los hombres como los anuncios de televisión que prometen un remedio para ellas. Las células humanas, según sabemos hoy, tienen un límite genético impuesto en cuanto al número de veces que pueden dividirse, y este límite ya ha sido eliminado en condiciones de laboratorio, produciendo de este modo líneas celulares virtualmente inmortales.

Existen pruebas de que la expectativa de vida ha sido superpuesta, por tanto, en el organismo humano. Esos límites no son arbitrarios, sino que, de hecho, tienen el propósito específico de mantener la integridad genética de un organismo a lo largo del tiempo al impedir la posibilidad de una reproducción generacional cruzada.

¿Cuáles son las consecuencias de ese propósito? Son consecuencias profundas y asombrosas. Puede existir un botón genético que podemos pulsar para volver a ajustar el cronómetro de la vida humana. Y si fuera así, la duración de la vida humana representaría un desafío para muchas de nuestras estimadas convenciones sociales.

¡Piensen un momento en ello! Si la gente no tuviera la necesidad de rebasar las fechas límite de sus relojes biológicos para procrear a tiempo para que sus padres conozcan a sus nietos, los valores familiares se verían absolutamente redefinidos. La actual limitación de la expectativa de vida crea una gran presión para reemplazarnos a nosotros mismos de prisa o, de otro modo, no habría ningún futuro para la raza humana… y necesitamos un futuro, como ninguna otra criatura de este planeta, porque podemos imaginar el futuro.

Habría, por supuesto, otros beneficios. Las mujeres pulsarían el botón del sueño de sus relojes biológicos y se concentrarían en otras cuestiones hasta la fecha, si es que ello ocurría, en que decidieran tener hijos. La tasa de natalidad descendería de forma dramática si la gente pudiera tener hijos según sus propios términos en lugar de obedecer los de la naturaleza, y a su propio ritmo, no el que impone la biología. Naturalmente, tendrían que hacer algo con la nariz y las orejas, ya que los cartílagos nunca dejan de crecer. Pero, quizá, la gente se preocuparía mucho más por el futuro que podrían originar sus acciones hoy si todos viviéramos juntos. Después de todo, la deuda que les dejamos hoy a nuestros hijos también nos la estaríamos dejando a nosotros mismos.

Todas las prioridades y todos los valores se reordenarían como corresponde. Teniendo en cuenta que los valores humanos siempre se han adaptado rápidamente a las nuevas amenazas, oportunidades y condiciones, en este caso volverán a adaptarse a la nueva realidad representada por la longevidad. Los llamados «valores familiares» de hoy no guardan ningún parecido con los valores familiares del pasado. ¿Dotes? ¿Matrimonios concertados? ¿Virginidad? ¡Por favor! Los valores familiares del futuro “serán tan diferentes de los nuestros como los nuestros lo son en relación con lo que prevalecía en el pasado.

Por supuesto, los tradicionalistas que ensalzan los valores actuales, creyendo que nuestro efímero contexto está inspirado divinamente y no es una mera conveniencia de la naturaleza, recularán de manera instintiva ante cualquier avance espectacular en la expectativa de vida humana. Las implicaciones morales de este fenómeno son profundas. Por tanto, creo que una nueva comprensión del origen de la duración de la vida en cada especie es especialmente importante hoy que nos encontramos al borde de este punto de inflexión en la historia humana. Si descubrimos que nuestra limitada expectativa de vida no es algo decretado o siquiera necesario, sino que se trata sencillamente de la conveniencia de unos genes que necesitaban protegerse de una recombinación generacional cruzada, podemos descartar cualquier peso moral o significado divino en nuestra expectativa de vida y aceptar nuestra capacidad para aumentarla.

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2 respuestas a La muerte: ¿una ventaja para la supervivencia?

  1. maria rosa dijo:

    magnifico ,te los has currado bien y he aprendido mucho.EXCELENTE

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